La Siguamonta

Por Marco Antonio Flores

 1900 rinde un homenaje póstumo a su colaborador, escritor y poeta Marco Antonio Flores. Fallecido en julio de este 2013 en su natal Guatemala.

Este artículo fue publicado en el número 8 del periódico 1900 en julio de 1995.

Toda sangre llega al lugar de su quietud

                                                     Chilam Balam

 

El cuco de los sueños va hilando los cuentos

                                      Miguel Ángel Asturias

siguamontaEstaba sentado en una banca del parque Morazán leyendo Por el camino de Swann, cuando la supo parada frente a él. Le dio una rápida mirada y volvió a la lectura.

Estaba embebido. Los árboles del jardín, en Combray, lo rodeaban. La ceiba centenaria que tenía enfrente, en el centro del parque, se le figuraba la torre de San Hilario vista desde el ferrocarril. Así que no le dio importancia a la cabellera fina, larga y tupida que le había culebreado a dos pasos de donde estaba sentado.

La tarde estaba tibia, pero del norte venía un vientecito frío que se le metía por los ruedos del pantalón y le enfriaba las canillas y los pies. Todos los atardeceres, luego de levantarse al medio día, bañarse y desayunar-almorzar, hacía lo mismo. Un calor soporífero lo despertaba con la boca pastosa y los párpados pesados. El sol, en el cenit, calentaba las láminas del tejado y lo obligaba a moverse a su pesar con los ojos escociendo el desvelo.

Durante las noches, como alma en pena, deambulaba por el barrio de Jocotenango fisgando lo oculto por las sombras. Descubría parejas noctámbulas que se acariciaban impunemente en la oscuridad, borrachitos que trastabillaban como si equilibraran sobre una cuerda, raterillos que oteaban a través de los postigos entrecerrados de las casonas del rumbo. Nada escapaba a su husmeo nocturno.

En una ocasión, bajo el alero de la casa que quedaba frente a la esquina noroeste del parque, donde terminaba la calle Martí y una cuchilla separaba dos calles de tierra, una de las cuales terminaba en el portón de hierro de la Cervecería Centroamericana, vio a una pareja haciendo el amor de pie. Atrás, una ventana entreabierta colaba una ansiosa mirada. Ellos, en el afán de estrechar sus carnes ni la percataron.

Esa, en particular, era una casa extraña. Sus puertas y ventanas se mantenían a piedra y lodo. Por más que inquiría no lograba saber quién o quiénes la habitaban. Sólo la sirvienta solía salir a hacer el mandado. En dos oportunidades intentó  abordarla, pero, su inhibición se lo impidió. Lo único que averiguó fue el apellido de la familia que la habitaba.

Como el de Proust, su asombro era minucioso. Conocía al dedillo todos los recovecos del rumbo, las tienditas, las calles, las cantinas, los lenocinios secretos, las casas y sus historias, las iglesias, los nombres de los vecinos. Vivía en una casa de huéspedes, a media cuadra del parque Morazán, en una calleja que desembocaba en la única sinagoga de la ciudad: el Maguen David.

Los sábados se levantaba temprano; le gustaba asomarse a la ventana y ver pasar la fila de judíos que iban al templo. Lo inquietaban su estolidez, su silencio, sus miradas huidizas, sus gorritos en la coronilla, sus mantones blancos sobre las espaldas dobladas, sus caras blancas y sus pelos rojizos o rubios; las mantillas albas de sus mujeres que marchaban despacio atrás de los varones con la mirada prendida al suelo, las proles inmensas correteando a media calle. Satisfecho de su inspección sabatina se entraba a almorzar. Más tarde iba al cine. Usualmente al Variedades.

Entre semana sus andanzas se centraban en determinadas personas. Particularmente en un pintor que vivía frente a su casa. Era éste un hombre atormentado y demoniaco, con rostro de Tláloc, el dios olmeca de la lluvia. En su juventud fue discípulo ayudante de Diego Rivera. Se había matrimoniado con una escritora inglesa que gustaba del folclor americano, la que luego del divorcio se apropió de su apellido con el que firmaba sus ensayos sobre literatura latinoamericana. En aquellos días, aquel artista se había lanzado al suicidio por alcohol. Todas las madrugadas lo veía llegar descalzo, cayéndose de borracho y farfullando maldiciones ininteligibles. Se acercaba para inquirir por su salud, deteriorada por aquella locura, pero el pintor estaba lejos de reconocerlo en ese estado. Sólo la mitad del día, cuando abría el estudio, podía visitarlo e intentar el diálogo.

El estudio era un inmenso cuarto con puerta a la calle. En un rincón, una cocinita de alcohol; en otro, un camastrón de paja deformado y una mesita repleta de trastos sucios; en el centro un caballete, a cuyo alrededor había multitud de cuadros alucinantes, pintados con gruesos brochazos y colores fúnebres: negros, ocres y marrones, que representaban el inframundo que cohabitaba el pintor: prostitutas, cabareteras, mendigos, borrachos, barriadas miserables, rostros patibularios, muchachas vulgares. Según el atormentado creador de aquel infrahumano universo, el expresionismo más decantado era su forma de vengarse de aquella sociedad que lo aislaba, ignoraba y denigraba. Bisbiseando, con los labios amoratados e hinchados por tanto licor y un discurrir lento y entrecortado, iba transmitiéndole una visión aterradora de la vida. Salía de ahí conturbado a sentarse a una banca del parque para leer.

Había penetrado un ámbito familiar y decadente descrito con minuciosidad maniaca. Odette, a medida que avanzaba la lectura, se había convertido en una obsesión. Por esa razón, cuando volvió a levantar la vista y vio que seguía parada frente a él, supo que era ella: Odette, con su pelo largo y sedoso y una mirada entre coqueta y huidiza, atrevida y tímida, que ocultaba las intenciones más oscuras contra él: Carlos Swann.

Rehuyó de nuevo su mirada, sabía lo que le esperaba de lánguidos modales que lo invitaban a seguirla.

Hubo de recurrir a un gran esfuerzo racional para comprender que él no era Swann, sino un joven estudiante que pernoctaba en una humilde casa de huéspedes y perdía el tiempo en lecturas decadentes, según aseguraban sus amigos en el café cuando, renunciando a su fisgoneo nocturno, se reunía con ellos en una cantina ubicada en la vecindad de la iglesia del Carmen, frente a la abarrotería Kosak, y discutían acerca de la literatura.

En esa tertulia, llamada rimbombantemente, a usanza madrileña, peña literaria, se había dictaminado que leer a Proust era una de las tareas más decadentes que se podían realizar en un país donde, era común aseverar, se mantenía una eterna dictadura y una primavera eterna.

Volvió a fijar la vista en la muchacha: era verdadera, de carne y hueso y, sobre todo, de gran belleza. Intuyó de pronto que era la que vivía en la casa que se mantenía a piedra y lodo. Entendió que era quien había colado la mirada a través de la rendija la noche en la que la pareja hizo el amor de pie frente a su ventana. Buscó sus ojos pero no los encontró: la muchacha, caminando de prisa, se alejaba sin volver la cabeza. Se levantó a seguirla.

Tenía el cuerpo más hermoso que el rostro. Sus turgencias, aprisionadas en un entresijo de telas, se escapaban a su pesar y dejaban entrever un par de glúteos que se movían acompasadamente.

De pronto la perdió entre los árboles del parque. La buscó en todas direcciones y al no encontrarla pensó que la había inventado. Decidió volver a su lectura y, hasta entonces, se dio cuenta de que había olvidado el libro sobre la banca. Iba a volver cuando la vio caminando por una de las alamedas de la avenida Simeón Cañas y salió disparado detrás de ella.

La avenida, de casi veinticinco metros de ancho, a cuyas orillas había sendas alamedas, cada una con una doble hilera de árboles frondosos que dejaban en medio dos veredas por las que paseaban, al caer la tarde, parejas abrazadas o ancianos, languidecía con el aire que movía las copas de los árboles. Sin embargo, ahora él no vio más que a la muchacha. No había nadie en los alrededores.

En la alameda de la derecha, en dirección al norte, caminaba la muchacha muy despacio pero, paradójicamente, muy rápido, porque cada vez la veía más lejos. Apresuró el paso para no volverla a perder. Cuando salió del parque Morazán divisó en el fondo de la ancha avenida el Templo a Minerva.

No podía acercarse mucho porque podría asustarla. Pero si se alejaba podría desaparecer en cualquier momento por uno de los callejones laterales que desembocan en la avenida. Caminó aprisa hasta llegar a una distancia que le permitiera no perderla y no asustarla. Ella parecía no darse cuenta de que la seguía. Su cuerpo se delineaba bajo aquellos ropones que perecieron oscuros y gruesos y que con rayos declinantes del sol se traslucían y dejaban entrever un cuerpo torneado, unas hermosas piernas y un talle fino.

Él no era un muchacho avezado en ese tipo de aventuras. Por el contrario, sus supuestas relaciones amorosas, relatadas en la peña literaria entre grandes carcajadas, y cuando los licores habían desatado su lengua y le habían hecho olvidar su soledad y timidez, se constreñían a sueños que poco a poco se convertían en realidad de tal manera que terminaba creyendo en ellos. Así, según sus contertulios, había tenido relaciones amatorias y sexuales con media docena de mujeres entre las que se contaban matronas y nínfulas provocativas. Sin embargo, él sabía que todo era producto de su dislocada imaginación, que era tímido y apocado frente a las mujeres y que, para su ignominia, era virgen a los veintitrés años. Así que la perspectiva real que le habían ofrecido los ojos de la muchacha no la iba a desaprovechar.

Los ochocientos metros que hay entre la orilla de la banqueta del parque Morazán y la entrada al Hipódromo Norte, se habían terminado sin sentir. Acezaba. La muchacha, sin embargo, caminaba fresca y volátil. Es más, durante un instante le pareció que realmente volaba, que no ponía los pies en el suelo sino que se deslizaba por el aire. Fue entonces que pensó que podría ser un fantasma. Aquello lo detuvo de golpe. El pavor lo inundó; sintió la boca seca y unas fuertes palpitaciones en las sienes. Ella también se detuvo y volteando a medias hizo un gesto sensual. Como resultado de ello se olvidó de sus temores y continuó la persecución. Mientras atravesaba la explanada que está entre el Templo a Minerva y el Mapa en Relieve sintió mojado el pantalón. Sabía de lo que se trataba, lo había leído tantas veces que sonrió orgulloso.

Sobre ambos se cerró la arboleda del Hipódromo Norte y también la tarde: el sol declinaba y los árboles no dejaban pasar sus rayos. Al final estaba el barranco cortado a filo. Le temblaron las piernas y recordó de golpe la leyenda de la Siguamonta, que contada por su abuela podría ser motivo de largas letanías y vericuetos, pero que llevada a su concisión extrema se reducía a la existencia de una mujer fantasma de gran belleza física que se aparecía a jóvenes enamorados obligándolos a seguirla con la promesa gestual de una entrega, hasta llevarlos a la orilla de un barranco de los que rodean la Guatemala de la Asunción y ya ahí, en un abrazo mortal, desbarrancarlos y destruirlos como castigo a su libidinosidad.

Se detuvo. Decidió regresar. Su cerebro le ordenó detenerse porque sabía lo que le esperaba. Sin embargo, su cuerpo lo impelió, con una fuerza secreta e interior, hacia la mujer que se acercaba al final de la arboleda y a la orilla del barranco. Le faltaba metro y medio para darle alcance.

Ella se detuvo a la orilla del abismo. Pudo entonces aspirar el olor a yegua en brama que emanaba de su cuerpo y decidió darle el abrazo que sabía mortal. Sólo esperaba que volteara para mostrarle la cara de caballo que, según la leyenda, tenía la Siguamonta, pero no fue necesario porque en el momento que él alargó los brazos para tomarla, ella desapareció en el abismo en medio de un largo alarido que lo dejó estático y con los ojos clavados en el aire.

No supo cuánto tiempo estuvo ahí parado. Era noche cerrada cuando pudo, a duras penas, regresar. Se orientó hasta la entrada tanteando los árboles. Luego no tuvo dificultad para volver, bamboleándose como borracho, a su casa, en donde cayó vestido a la cama. El sopor febril le duro dos días, durante los cuales no se movió más que para cambiarse de posición mientras soñaba con fantasmas y aparecidos que tenían, toda la cara de Tláloc del pintor borracho.

Al tercer día volvió en sí. Se desperezó, palpó su cuerpo, eufórico; se miró al espejo; reflejado en él se carcajeó nerviosamente porque comprendió que era el primer hombre que había burlado a la Siguamonta; se bañó, se cambió de indumentaria, salió a la calle como a las cinco de la tarde, atravesó el parque Morazán y, milagro de milagros, en la banca se encontraba aún el ejemplar de Por el camino de Swann. Lo tomó y se alejó presuroso del sitio. Caminó algunas cuadras en dirección al centro y en la esquina del parque Centenario compró El Imparcial. Atravesó el parque central, se metió al Portal del Comercio y luego al restaurante El Portal; pidió el cundumio y un tarra de cerveza mixta bien helada. Saboreándola hojeó el periódico; leyó varios encabezados hasta que uno, que estaba en la parte baja de la primera plana, lo dejó frío, decía: «Encuentran el cadáver de la desaparecida». En una cerrada columna se leía a continuación: «La señorita Silvia Aycinema, miembro de una de las familias más conspicuas y honorables de nuestra capital, extraviada hace tres días, apareció hoy destrozada en el fondo del barranco del Hipódromo Norte». «La gentil damita, quien padecía de algunos trastornos nerviosos, por lo que sus padres le tenían prohibido salir de su casa, fue víctima de un horrendo crimen».

«Según reportes que obran en poder de la policía judicial, se tienen los datos de su presunto violador y asesino, al que muchos vecinos vieron perseguirla a todo correr»

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Marco Antonio “El Bolo” Flores

 

Este texto fue tomado del libro La Siguamonta publicado por Siglo XXI Editores por autorización del autor. Ilustración Carlos Palleiro.

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