En espera de la última moda

Por Rita de Melo Ferreira

Artículo publicado en la edición 23 del periódico 1900, en marzo de 1997

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Poeta lírico portugués Manuel Maria Barbosa du Bocage, autor de la famosa frase: «Estoy a la espera de la última moda».

Trate usted de imaginarse una tela que por razón exclusiva de calidad, textura, diseño y colores deja de pertenecer al dominio de la moda para convertirse en una expresión de creatividad artística. ¿Qué haría usted si le tocara en suerte un regalo así? En realidad, si se considera el papel que desempeña la moda en nuestra vida social y profesional, no resulta ilógico utilizar la tela para mandar hacer un traje nuevo. Sin embargo, los múltiples cambios insertados por los diseñadores de alta costura en el panorama de la moda parecen conspirar contra ellos mismos, parecen conspirar contra cualquier esfuerzo por lograr una prenda de vestir verdaderamente «actualizada». Conjuntos, chaquetas, vestidos, abrigos, faldas y pantalones continúan sobreviviendo en lugar preferente, pero la duración de los estilos de vestir se reduce y de la constante diversificación de nuevas tendencias nace la tentación de adquirir ropa y más ropa que pronto pasa de moda. A lo mejor tenía razón el poeta lírico portugués Manuel Maria Barbosa du Bocage (1765-1805), quien con frecuencia se hacía ver en las calles de Lisboa envuelto en un corte de finísimo casimir. «Bocage», observó alguna vez uno de sus compañeros de tertulia, «ya es hora de que te mandes hacer un traje con esa tela». A lo que contestó el bohemio poeta: «Estoy en espera de la última moda».

En efecto, la moda es transitoria. Pero la moderna industria de la rama encuentra en las grandes masas un campo fértil para la difusión de tendencias efímeras. Es así como  desciende el nivel de calidad y la moda se torna intérprete de la realidad de nuestros días, cuando todo es desechable y nada es ireemplazable. No obstante ello, la historia deja la lección de que existe moda de más larga vida. En los albores de la Edad Media, tanto el hombre como la mujer seguían adoptando un estilo de vestir casi idéntico al que se usaba cinco siglos antes. El atuendo masculino consistía en una túnica corta y capa amplia, y los hombres de clase baja siguieron usando ese mismo traje durante varios siglos más. La ropa femenina era sencilla, los colores eran sobrios. Los trajes largos y sin forma, tenían mangas inmensas y anchas, y la mujer se cubría la cabeza con un velo.

Al final del siglo XIII la ropa se ajustó al cuerpo, pero fue hasta mediados del siglo XIV cuando, poco a poco, empezó a vislumbrarse un concepto de «moda».

Moda del siglo XVIII

Los estilos Barroco, Rococó y Neoclásico marcaron la moda del siglo XVIII.

En el transcurso del siglo XVIII la moda masculina se mantuvo casi sin cambios. No así la moda femenina, que adoptó el corpiño ajustado, la falda inflada y los sombreros de considerables proporciones. Al finalizar el siglo de la moda dejó volar la imaginación. Todo fue permitido. Alrededor de 1795 la cintura del vestido subió hasta el busto y ahí se quedó durante 25 años. Se pusieron de moda las plumas de avestruz en el pelo, los vestidos ligeros y los zapatos sin tacón. Los caballeros salieron sin su espada, abandonaron la peluca y dejaron de empolvarse la cara.

Sombrero satín

Los sombreros satinados de moda en la segunda mitad del siglo XIX.

En la segunda mitad del siglo XIX la moda masculina se volvió un tanto triste; el sombrero de copa alta cedió su lugar al sombrero de seda brillante, preferentemente negro. Los trajes, también negros, se usaron —tal como ahora—con camisas de cuello y corbatas. Desaparecieron las crinolinas, aparecieron los vestidos de noche con atrevidos escotes. La ropa de hombre fue perdiendo formalidad, y, prosperó la ropa casual: saco de tweed, calzón knickerbocker ceñido debajo de la rodilla, sombrero de paja y capa a la «Sherlock Holmes». Los pequeños siguieron la moda. Los niños vistieron trajes «a la marinera» o trajes de terciopelo con cuello y puños de encaje, al estilo del «pequeño Lord Fauntleroy». Las niñas ostentaban vestidos complicados, adornados con metros y metros de encaje. El siglo fue llegando a su fin…

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Charles Frederick Worth en una foto fechada en marzo de 1895

En 1895 murió Charles Frederick Worth, un costurero inglés que abrió su casa de alta costura en París en 1858 y se hizo mundialmente famoso. Worth fue el creador de la alta costura parisina y el promotor de su crecimiento a escala internacional. Pero en ese tiempo los diseñadores de la alta costura no recibían galardones. Ahora, al parecer, los diseñadores enriquecen la cultura y los reconocimientos están de moda: Pierre Cardin, que fundó su casa de costura en 1949, además de ser miembro de la Academia de Bellas Artes y embajador honorario en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura (UNESCO), fue condecorado con la Legión de Honor de Francia, ha sido distinguido con el Óscar de la Moda, y más de una vez con el Dedal de Oro.

De cualquier manera la comercialización logra formular un nuevo estilo de entender la moda: una tendencia que cada quien puede recrear a su gusto. La moda contemporánea, inspirada en las creaciones de los más célebres nombres de la alta costura es de todos y para todos.

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