Él

Por Rosa Nissán

Foto: Jordy de la Vega

 Artículo publicado en la edición No. 1 del periódico 1900 en junio de 1994.

 A Jacky mi hija

El 9 de mayo de 1985, pocos minutos antes de las ocho de la noche, mi pá, dejó esta vida. Cuando yo decía pá, era diferente a decir papá. Cuando decía pá tenía donde recargar todo mi peso y todo mi cuerpo.

Muchos meses antes de su muerte, cuando él también sabía que le quedaba poco, estuve pensando cómo acercarme a él sin hablar, sin obligarlo a compartir todo aquello que forzosamente yo creía que estaba bullendo en su interior. Muchos meses me atormentó la posibilidad de hacerlo feliz antes de que muriera.

Por miedo al sufrimiento, tantos no recorren su camino, se quedan orillados, no hacen locuras, no viven sus vidas o las viven a medias. Pero hay sufrimientos que a pesar de las trampas, nos alcanzan. Yo he vivido alejándome del dolor, con el miedo de ser tocada, como si al huir, el dolor no fuera a alcanzarme.

Ahora sé que del dolor y no de la alegría, he sacado mi fortaleza.

Hace dos meses a mi padre le llegó la hora de desnacer. Fue larga su enfermedad, quizá para darnos tiempo de acostumbrarnos a ver como se le iba yendo de a poquito la vida, hasta que entendimos que la muerte le llegó como un bien supremo. Así, acolchonando nuestro miedo, me dio tiempo para encontrar la forma. Me esperó.

ManosDurante los últimos días, las últimas horas, estuvimos con él, con lo que podíamos darle, de la manera en que cada uno supo acercarse. Mi hermano se iba a la sala de al lado, allí se sentaba disimulando su tristeza y procuraba asomarse lo menos posible; le daba mucho miedo verlo sufrir. Pienso que le hubiera gustado que se le acercara, le tomara la mano. Mi padre tristemente lo entendía. En mi familia creemos saber descifrar los silencios. También yo aprendía a vivir ocultando mis sentimientos, negándolos, asustada de mí misma, como si estuviera haciendo algo indebido. Esa última semana logré tener con él la proximidad que nunca hubo por exceso de respeto y por miedo a ambos, miedo del padre a acercarse a su hija, miedo de la hija a aproximarse al padre.

En esos últimos días ya no se opuso, o no tuvo la fuerza. Tomé sus manos, su cuello, recibió mis caricias, acerqué mi cara a la suya, mi voz a la voz cansada de él. Abandonó su miedo, su cara, sus manos. Tímidamente toqué su piel. Viendo su reacción, comencé a frotar las plantas de sus pies, calmaba sus temores. Le gustaba oír mi risa que hasta el último momento él siguió oyendo como la de su niña. Siempre que me oía reír decía: «Es que mi hija está loca». Y en la forma cálida en que lo decía, yo entendía su amor.

Después toqué su pelo, llené con aceites de esencias de flores sus brazos, su cuello, su pecho. Sin que se percatara, apagué la luz tan intensa del techo, encendí un lámpara y le puse la música que de seguro lo transportaría a días y recuerdos felices: unos cantos griegos y turcos grabados en una mezquita; y sé que lo hicieron soñar. Los dedos de mis manos hacían presión en sus antebrazos, en sus muñecas; y los olores lo reconfortaron, exhalaba el aire de sus pulmones con alivio. No podría  transmitir la dicha que yo sentía cuando él dulcemente cerraba sus ojos.

Creo que nadie lloró. No lo detuvimos, él ya se quería ir. La enfermera cerró sus ojos y cubrió su cara, y como es costumbre, lo envolvieron en una sábana y lo acomodaron en el suelo. Salimos del cuarto. Se quedó solo.

Mis hermanos se encargaron de los asuntos prácticos que vienen después de la muerte. Avisaron a dos o tres personas para que le dieran un lugar en el panteón, lo más cerca de su mamá, que murió hace tres años. Por fin juntos, como estuvieron siempre. Bonito regalo recibiste de día de las madres, abuelita.

Cuando llegó Jacky, entró directamente al cuarto tan evitado, donde ya nadie se había querido ni asomar. Nos habíamos concentrado en la salita que está junto, pegadita. Ha de haber pasado una hora, una hora, no estoy segura, pero Jacky y una de mis cuñadas, seguían en el cuarto de la muerte. Yo oía sus murmullos, mi hija salió para decirme que por qué había dejado solo al abuelito, que sus maestros de anatomía y fisiología le habían dicho que el oído es lo último que se pierde y que todavía se oían ruidos en su estómago. Lo que me dijo me puso a pensar… ¿Cómo iba a ser posible que tan repentinamente la vida terminara del todo? Tuve la seguridad de que mi padre oía, y entré, y me acosté en una cama junto a él; y no volvía a salir hasta la una de la tarde del día siguiente, en el momento en que lo metieron en la caja porque ya estaba la carroza en la calle.

Así que pasamos la noche con él, y le hablé, le iba contando quienes entraban y salían del cuarto. Cuando ya me había vencido el sueño escuché un llanto, me sorprendió su procedencia: era Moisés, el hijo de mi hermano, el nieto preferido de mi padre, que tomó las riendas del Puerto de Persia durante su larga enfermedad. En ese momento entendí el gran lazo amoroso que se dio entre los dos durante la expansión del tumor. Le dije a mi pá que ahí estaba Moi, y también que lo queríamos mucho, que no nos íbamos a ir ni un momento, que estaríamos a su lado y que pronto se iba a encontrar con mi abuelita que lo estaba esperando. Durante la noche, algunos nietos más se atrevieron a entrar y nunca dejamos de platicar con él.

Cuando trajeron la caja, la llené de hojas frescas de eucalipto, que apenas ayer fui a arrancar de unos árboles de los Viveros, a donde él fue diario durante los últimos cuarenta años. Esas hojas que siempre llevaba en las bolsas de su pantalón y de su chamarra. Cuando sacaba algo, siempre le salían hojas, las que lo vieron pasar y reír con sus amigos. Quise que su olor se impregnara adentro, para que al día siguiente él las reconociera y no tuviera temor.

Esa noche vinieron muchas personas que lo quisieron y también gente que mi padre nunca conoció.

Yo no quise avisar a nadie, me hubieran molestado, no quería distraerme ni un minuto, ni agradecerle su presencia a nadie.

Esa noche era única y maravillosa; la última del cuerpo y del espíritu de mi padre entre nosotros.

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