Una carta de amor

Por Auguste Villiers de I’Isle-Adam

 Señora:

Señora1905Me ha hecho el honor de dirigirme algunas palabras. A ellas siguió una circunstancia que vengo a contarle.

Esa tarde usted estaba de pie sobre la playa. Frente al reflujo del mar. La noche, muy clara, me dejaba percibirla de bastante lejos —y, gracias a mis ojos de salvaje (perdone semejante confesión)— podía ver, sea tan buena como para admirarlo—, hasta las rosas que sostenía con la mano distraída, sobre su vestido de luto.

Usted escuchaba todo ese ruido.

Sin imaginar un malestar comparable al mío, exceptuando quizás al que usted parecía soportar, señora, me decía, haciendo deslizar arena entre mis dedos para contenerme:

¿Y si  el viento arrebatara las rosas y se fuera a sembrarlas allá, sobre la línea de espuma de oro, luminosa, donde se levanta Venus? ¡Qué distracción inesperada! Es cierto, iría rompiendo las olas, hacia Venus, para atraparlas de nuevo, no sin alguna solemnidad, en la luz y la espuma.

A mi regreso, es verdad, yo no encontraría, sin dudad, un alma.

Esta dama habría regresado a la ciudad, pues es tarde; —y, solo, desconcertado, sudando, parecido a esos inocentes de raza inmortal, que siempre quieren mostrarse solícitos, yo estaría ahí, de pie sobre las rocas, en la noche, sosteniendo en la manolas rosas vanas.

«Así», agregué después de suficientes reflexiones, «hay que preferir, como hombres serios, algunas botellas de champaña a algunos sorbos de océano». Las rosas son flores pactadas: me serían indiferentes sin su belleza actual, que deben, en gran parte, a la palidez de la mano que arroja su sombra sobre ellas: el viento es más sensato que yo; en cuanto a sueños, será necesario que aprenda a fumar cigarrillos.

Antes de continuar, por el profundo respeto y la gran simpatía que usted me impone, debo decirle que, dividido entre el temor de parecer (¡mil perdones!) un hombre «enamorado» (tanto como decir un payaso) y el temor de expresarme con demasiada frialdad, lo que sería inconveniente, me he sentido incómodo en el recorrido de esta carta. En dos palabras, me hice, por egoísmo, el propósito de intentar distraerla, con su asentimiento: lo que me prestaría el servicio de manifestar mi interés: —¿A qué título? Aquel día distinguí a cierto ser vivo, que es uno de sus amigos, y considero el que él me haya presentado a usted de una calidad muy superior, a sus ojos, que cualquier otra. ¡Con qué importancia se sacudía después! Tenía el aire del holandés errante que toca tierra después de siete años. Es risible hacerse patrocinar por un indiferente, bajo la apariencia de algo común. Ello sin tomar en cuenta que aquel que presenta es menos conocido que la persona a quien está presentando, porque vivimos en el eterno malentendido. Entre espíritus bien educados, me parece (y usted debe ser un poco de esa opinión, señora) nunca hay mejor presentación que la que hace uno mismo…a menos que se juegue la felicidad como yo.

Señora1905Así, dígnese leer antes de condenar. Creo que quien nos presentó, con ese espíritu de precipitación que parece distinguirlo, no me definió sino de una manera sumaria; he aquí, entonces, en dos palabras, quién soy. Me llamo M. D’Anthas, René, primer premio de excelencia en el liceo Henri IV, para servir a usted, señora. Tengo, además, el traje negro mejor cortado que puede verse aquí: cuando lo uso hay un clamor general de admiración en el casino. El gerente de mi hotel se queda como petrificado por mi precisión de ordenar las notas que me presenta, sin que haga la menor observación sobre su insigne ratería. Con respecto a ese asunto cae en ensoñaciones sin fin. —Por lo que toca a mi honorabilidad ha sabido frustrar, hasta ahora, la vigilancia meticulosa de los hombres de ley. Seña particular: miro poco el cielo, pues es de esperar que la estrella cuya luz pueda amar no aparecerá sino más tarde; su rayo está en camino hacia el mundo, pero tan alejado todavía que podría apostar a que su primer resplandor brillará sobre ruinas. Cuando un hombre un hombre quiere burlarse de mí, como soy muy violento, de inmediato me bato en duelo con él y las tres cuartas partes del tiempo tengo tomados de la mano a los más desafortunados. Río mucho. —Rara vez digo lo que pienso, prefiero callarme, por temor a pasar por original. —Es todo. Usted ve, señora, que soy casi como cualquier otro.

Regreso, ahora, a esta circunstancia de la que hablaba, y que se presentó esta tarde sobre la playa cuando usted honraba al infinito soñando vagamente, al considerar uno de sus fenómenos. Alguien le llamó. El viento de mar me trajo su nombre. —Creo que lo reconocí. —Usted se dio la vuelta; sus cejas, su aire, sus ojos distraídos contenían la noche. Usted miró el agua magnífica y lo lejano, como lamentando dejarlos; después la sombra, frente a usted; todo ese tumulto se extinguía en los ecos. «¿Qué voz me dará la continuación de todo esto?…» pensaba usted. Y se sentía oprimida…

El viento, también eterno, suspiró, pasó alrededor de su cara, después vino a rozarme ligeramente los cabellos y a tocarme la frente con un soplo triste y sagrado; tuve la impresión del Destino.

Creo que en ese momento se me cerraron los ojos; cuando miré la playa, usted ya no estaba ahí: subía, sin duda, apoyada en el brazo de la persona que la había llamado, los adoquines que llevan al albergue del azar.

Yo también regresé. Y, desde entonces, miro las velas arder sobre la mesa.

Tengo la obsesión de un proyecto.

Quisiera analizar el azar de ese momento perdido; me parece que puedo definir lo que hay de olvidado, sin que usted lo sepa, señora, en la mirada sin valor que usted lanzó sobre el agua y sobre la noche; en fin, estoy casi persuadido de que sabría explicar a usted lo que hay de profundo, incluso de terrible, en el muy vago suspiro que insufló, un instante, su corazón y le hizo cerrar bruscamente los ojos, como si hubiera tenido la impresión de la muerte.

—Deseo, dije, fiar ese momento escribiendo un comentario inesperado sobre su naturaleza, y detenerlo así en su vuelo hacia el pasado.

Señora1905Sin embargo, señora, sin haberme asegurado desde un principio de su buena voluntad ¿puedo atreverme a dirigirle semejante meditación? Si este designio le desagrada, queme simplemente la carta de un corazón amigo y perdone la inocente atención de un viajero que intentaba crearle un pasatiempo. Si, por el contrario, usted piensa como yo sobre ese punto, señora, y si usted no ve nada de excesivo en esta idea tan simple, supondremos el siguiente cuento (que es, por lo demás, una realidad). Lo supondremos como uno se pone un antifaz de terciopelo negro y un disfraz, en algunas soirées de la temporada de invierno, en una palabra, por curiosidad.

(De esta manera, tendremos, uno y otro, la libertad de palabra necesaria, si usted es tan graciosa como para responder y prestarse a este juego).

He aquí la suposición:

Usted es una reina persa; —yo soy un príncipe lejano, que sus ejércitos sorprendieron e hicieron cautivo.

Familiar, llevo en el tobillo su brazalete de plata. —Esta tarde, cuando sus mujeres acababan de encender las velas, me hizo una señal.

Coloqué frente a usted la gran placa de bronce pulido, su espejo. Alrededor de él están entrelazadas ramas de ébano, con los rostros de los Espíritus esculpidos.

Recargado en la cima, sobre el frente más espantoso, sueño con los árboles titánicos sobre mis valles, con mis carros dispersos, con la luna, con la rebelión futura.

Usted, con los codos sumergidos en cojines, cansada y taciturna, y la pedrería regada sobre las pieles de león que hay en sus pies, usted va a mirar y seguir en el fondo del espejo su propia ensoñación, para matar el tiempo.

Los músicos han callado en el palacio. Las lanzas brillan, detrás de las telas, prohibiendo la entrada a la sala.

El espejo está ahí, ¡solo, violento, sincero, libre y mágico! Si le aburre, usted hará una nueva señal. Lo empujaré a la sombra y me volveré a cruzar de brazos.

Reciba, señora, mis homenajes más respetuosos.

René D’Anthas.

Traducción; Rafael Muñoz Saldaña

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