Médico de casas

Por Luis Bernardo Pérez

Ilustración: The Haunted House/Daniele Montella

 Este artículo fue publicado en la edición No. 29 del periódico 1900. Octubre de 1997

Los médicos de casas han perdido el prestigio de antaño. Los pocos que en nuestros días todavía cultivan esa difícil especialidad sobreviven a duras penas, padeciendo en silencio la burla de los escépticos y la competencia desleal de charlatanes.

Poseedores de una sabiduría milenaria —la cual combina nociones de arquitectura, ingeniería, geomancia, magia y medicina general—, estos expertos aún son requeridos para ocuparse de los más diversos inmuebles, desde minúsculos departamentos hasta grandes residencias. Se trata de viviendas cuyos ocupantes son víctimas de continuos accidentes domésticos, han caído abatidos por enfermedades inexplicables o se ven agobiados por espectrales asechanzas.

El oficio de estos patólogos tiene algo de detectivesco y, con frecuencia, les exige realizar largas y concienzudas pesquisas destinadas a localizar la fuente del mal. La auscultación constituye la parte más difícil de todo el proceso, pues implica una revisión cuidadosa de cada uno de los rincones de la morada. Ello con el fin de descubrir anomalías tales como ganglios telúricos, acumulaciones de fuerzas negativas o alteraciones sospechosas en los campos electromagnéticos.

El doctor Roger DeLafforest, experto en esta disciplina, consigna el caso de un aristócrata normando que, poco después de haberse mudado a una antigua casona campestre, se obsesionó con la idea de que era un centauro. Por las noches perseguía a la sirvienta mientras lanzaba sonoros relinchos. Temeroso del desprestigio que tan peculiar conducta podría acarrearle, y tras una serie de infructuosas sesiones de sicoanálisis, el caballero recurrió al doctor DeLafforest, cuya intuición profesional lo empujó a investigar la historia de la propiedad. Supo entonces que en aquel sitio existió, tiempo atrás, un conjunto de caballerizas. De acuerdo con el facultativo, el alma de un caballo rondaba todavía por el lugar, pugnando por poseer el cuerpo de aquel sujeto.

Mediante elaborados procedimientos mágicos, el doctor logró ahuyentar el espíritu del equino, devolviéndole la tranquilidad a su paciente. Sin embargo, el remedio llegó demasiado tarde para el aristócrata, cuya reputación se vio dañada a raíz del enojoso asunto.

Otro caso descrito también por el también doctor DeLafforest es el de una familia belga cuya residencia presentaba varios remolinos espacio temporales. Así, un viernes a las nueve de la mañana el hijo mayor entró a la sala y se encontró, sin saber cómo, en el desván. Esto le causó una gran sorpresa. No obstante, su desconcierto fue mayor cuando comprobó que ya era lunes por la noche. Sus padres —quienes habían estado buscándolo afanosamente todo el fin de semana— no le creyeron la absurda historia. Días después, la madre entró al cuarto del bebé, situado en el segundo piso. Al abrir la puerta, descubrió que, inexplicablemente, había llegado a la cochera anexa al edificio principal. Desconcertada pero todavía tranquila, salió de allí por la puerta de enfrente y se encaminó hacia la casa. Cuando se disponía a tocar el timbre, miró al interior a través de una de las ventanas: toda la familia se encontraba comiendo salmón ahumado. Llena de estupor se descubrió a sí misma entre los comensales con una copa de vino en la mano. Entonces dio media vuelta y corrió despavorida hacia la cochera con la intención de regresar por donde había venido. Poco antes de trasponer el umbral, escuchó unos pasos detrás de ella, pero no se atrevió a voltear. Sólo se sintió segura cuando estuvo otra vez en el pasillo del segundo piso.

Nada raro sucedió durante un tiempo. Sin embargo, un mes más tarde, mientras comía salmón ahumado con su familia y sus hijos, la mujer creyó advertir una silueta recortándose en la ventana. Esto le recordó en extraño suceso ocurrido días atrás y salió de la casa rápidamente. Por desgracia, no logró darle alcance a la mujer que corría rumbo al garaje.

Este tipo de hechos obligaron a la familia belga a abandonar su casa y hospedarse en una pequeña pensión de Bruselas, desde donde hicieron contacto con el doctor DeLafforest. Este último viajó allá inmediatamente para hacerse cargo del asunto. Según él, la incidencia de tales fenómenos es relativamente baja pero no rara. Es provocada por el movimiento rotatorio de la tierra y ciertas condiciones del subsuelo. La manera de atacar el problema es en extremo sencilla y consiste en colocar planchas de plomo bajo la construcción. Entre los testimonios que guarda DeLafforest de este caso está una fotografía de familia. Están al aire libre y a sus espaldas puede verse la fachada de la casa. Esta instantánea fue tomada cuando el problema ya había sido solucionado, por eso todos lucen contentos. Un detalle curioso: en la foto aparecen también ocho gatos en una canasta. En realidad se trata del mismo animal: un siamés llamado Calibán que, durante la ausencia de sus amos, recorrió la casa vacía atravesando una y otra vez los remolinos espacio-temporales, multiplicándose en cada ocasión.

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