Filobobos: un culto Totonaca a la fertilidad

Por Leticia Arriaga Stransky

Fotos: Leticia Arriaga Stransky

Este artículo fue publicado en la edición 38 del periódico 1900, julio de 1998

1.- Sierra de Atzalan aéreo 2m2

Sierra de Atzalan el corazón de la Ruta de la Niebla en Veracruz

Enclavado entre las escarpadas y profundas cañadas de la sierra Madre oriental, entre los estados de Puebla y Veracruz, surge un corredor de extraordinaria riqueza natural, un punto estratégico que en los tiempos antiguos sirvió de enlace entre las culturas mesoamericanas del Golfo y las del altiplano central. En el seno de su abigarrada geografía discurren permanentes afluentes formando una red de importantes cuencas caudalosas en dirección al mar: el Alseseca, el Filo, el Bobos y el Sordo, principalmente. Son ideales para los amantes del descenso de ríos o rafting, además representan la forma más práctica de recorrer la zona arqueológica de reciente descubrimiento, localizada al margen del río Bobos. Debido al microclima tan característico de esa región de desbordante humedad, conocida como

Capuyo de helecho arborecente

Capullo de helecho arborescente

Bosque mesófilo de montaña, es fácil observar helechos arborescentes, abundantes orquídeas, sauces, hayas y cedros. Hay enormes árboles de chalahuites que dan su sombra a cafetos, naranjales y platanales. Lo anterior, aunado al legado cultural de reciente hallazgo, dio origen a que la zona fuera declarada «área natural protegida de Filobobos» por el gobierno del estado de Veracruz. Con un total de 1,100 hectáreas la zona abarca desde los parajes del «Filo» río arriba y ambos márgenes del río Bobos con los vestigios arqueológicos Totonacas de Piedra Blanca o Nutrias, el centro ceremonial de El Cuajilote y la zona de Vega de la Peña, al lado derecho del mismo río, entre más de una docena existentes en la región.

Hay varias formas de llegar al misterioso paraje dedicado al culto de la fertilidad por sus antiguos moradores. A partir de la pequeña población conocida como Tlapacoyan se puede tomar dos opciones por tierra: la ruta del Encanto y la vía Plan de Arroyos. En la primera se llega a la margen izquierda del río Alseseca para cruzarlo en una pequeña lancha, servicio que prestan los lugareños. A partir de ese punto inicia el recorrido río arriba por espacio de tres kilómetros, hasta la ciudad de Vega de la Peña, para después cruzarlo por un puente colgante y continuar camino hacia arriba otros tres kilómetros hasta el centro ceremonial de El Cuajilote. La segunda alternativa es tomar una angosta terracería de unos cuatro kilómetros que conduce hasta

Cañón de El Encanto

Cañón de El Encanto

Rancho Nuevo, llegando directamente a la zona de Cuajilote y de ahí tomar la senda que lleva a la segunda zona arqueológica. Sin duda, la forma más directa y fascinante de hacerlo es descender por el río Bobos, pasando primero a El Cuajilote, retomar el río hasta Vega de la Peña y terminar el recorrido en la cascada El Encanto, ya que su acceso sólo es por lancha.

Después de navegar el río por espacio de una hora aproximadamente y de liberar la adrenalina y las grandes tensiones en los innumerables rápidos, las inmensas paredes del cañón se abren para dar paso a la planicie y la mística región de El Cuajilote. Entrando por la zona sur del gran centro ceremonial se aprecia la imponente plaza principal de más de 400 metros de largo por 35 de ancho, delimitada perimetralmente por una serie de diez edificios (cinco de cada lado) separados por angostos pasillos.

Rumbo a la Cascada El Encanto

Rumbo a la cascada El Encanto

Expertos en la materia deducen que esta creación ejemplifica en pequeña escala los espacios construidos en el mismo entorno, copiando el perfil natural de cerros, tajos y la cañada. Incluso en el interior de la gran plaza existe un manantial con dos canales dirigidos que representan el cauce del río que corre al pie de la zona arqueológica.

Al centro de la gran plaza existen tres adoratorios alineados, destaca en el extremo norte, donde se encontró una gran cantidad de figurillas modeladas con formas fálicas; y el del centro, con una enorme espiga monolítica que pudo haber funcionado como eje rector del sitio. Los hallazgos anteriores indican que nos encontramos en un sitio de ritos y ceremonias de purificación, relacionado con la fecundidad y materializado en un culto a la tierra y a la fertilidad a través de un ciclo de vida o muerte en el que se realizaban eventos ligados al juego de pelota y baños comunales de temazcal.

Plaza principal de El Cuajilote

Por el oeste, colindante con el río, se ubica una plaza con adoratorio, denominada «Plaza del sapo» por una escultura monolítica de toba volcánica, con su rostro mutilado y escarificaciones laterales que representan el culto a Tlazolteotl, el dios del inframundo de las culturas de la costa.

Al norte del conjunto arquitectónico se localiza el juego de pelota, sus muros muestran una subestructura con reclutamiento de estuco y delimitan el área de la cancha en forma de «I». Por el cabezal oriental se puede apreciar un minúsculo cuarto que comparte rasgos estilísticos con la arquitectura del Tajín (talud, nicho y cornisa).

Greca Chicalcohiuqui

Greca o Xicalcolliuqui

Entre tan exuberante vegetación, las imponentes cañadas y el suave murmullo del río es fácil comprender por qué se escogió este sitio para rendir culto a la fertilidad. Retomando la ruta del río abajo, por espacio de otros treinta minutos aproximadamente, se encuentra otra zona arqueológica que data de distinta época, Vega de la Peña, ciudad de gran importancia comercial durante el período posclásico tardío, entre el 900 y el 1500 d.C., por lo que debió formar parte del señorío de Tlapacoyan, centro receptor y tributario del imperio Azteca desde el siglo XIV.

Trazada la ruta comercial que uniría a las culturas del centro del Golfo de México con las del altiplano central, Vega de la Peña se convirtió en paso obligado para el intercambio de los productos tributarios y materia prima, obsidiana y serpentina, sin faltar los metales.

El trazo de la ciudad es de espacios abiertos. Los conjuntos arquitectónicos se dispersan

 Plaza principal Vega de la Peña

Vega de la Peña entre la exuberante vegetación

según sus funciones. El conjunto nordeste muestra una serie de cuatro edificaciones unidad en pares y un pequeño adoratorio circular. El conjunto central amplifica el modelo anterior con un patio central de acceso restringido y en el centro un adoratorio circular de mayor escala. El conjunto sudeste integra las edificaciones que ejemplificaban el área administrativa; sobresale entre ellas el templo de las grecas o Xicalcolliuqui. Cerca de ahí se encuentra el Palacio sobre una gran plataforma con doble escalinata de acceso y compleja red de cuartos y pasillos. Entre ellos destacan hallazgos de entierros colectivos y ofrendas de vasijas de cerámica quebrada o «matada» ritualmente y una muestra de pintura al fresco.

En las inmediaciones del río se localizaba el Templo del Dintel (éste ya no existe… se lo llevó el río en la crecida de 1999). Recibía ese nombre por tener una ventana con mono-bloques de piedra, que conformaban un pasillo en ambas caras del edificio. Más adelante se localiza el juego de pelota, con anillos y marcadores centrales, uno de ellos está decorado con el plumaje de la cola de un ave y alude al sol.

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El juego de pelota en Vega de la Peña

La trama abierta y espaciosa desde la sección norte se constriñe y se reluce por el sudeste, delimitando la diversidad funcional y jerárquica de sus habitantes por medio de las edificaciones. Un muro bajo en sentido transversal se presenta desde la espalda del edificio de las «grecas» hasta el juego de pelota, separando el área de templos y palacios de la de habitación. A su vez la Plaza del Dintel también está delimitada con otro muro similar, que encierra los templos más relevantes dedicados al culto. Al parecer Vega de la Peña estuvo vigente hasta tiempos cercanos a la Conquista.

En los alrededores existen saltos de agua permanentes que bajan por las paredes verticales

Cañón de El Encanto

Cañón de El Encanto

de hasta cincuenta metros de tiro, destacando las cascadas de Tomata en las cercanías de Tlapacoyan. Sin duda una de las más hermosas es la cascada de El Encanto, a la cual sólo se tiene acceso retomando el río después de la zona arqueológica hasta donde se junta con el río Alseseca. Tan angosta es la entrada que escasea la iluminación, para resurgir sobre la inmensa caída de agua que se precipita de frente y al fondo del angosto y profundo cañón.

Al salir de El Encanto, ayudados por la misma corriente del agua, nos encontramos en el mismo punto, donde los lugareños dan servicio de transporte vía terrestre hacia la zona arqueológica y por lo general se recogen las

Cascada El Encanto

Cascada El Encanto

balsas para dar por terminado el recorrido por el río Bobos. Entonces se recomienda abrir el apetito para saborear los deliciosos platillos de la región. Entre los más famosos están las deliciosas «acamayas» (camarones gigantes  de río), ya sea al «Acuyo», enchipotladas o en salsa verde. Los langostinos el mojo de ajo o el delicioso Chilpachole de jaiba son tan sólo una pequeña muestra de la gran riqueza gastronómica de Tlapacoyan, Misantla y San Rafael, ambas poblaciones cercanas y sobre la vega del mismo río. Éste se ensancha cada vez más hasta unirse al mar en la costa Esmeralda, para marcar una clara división geográfica y cultural del estado de Veracruz.

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