El Cilindrero

Por Alicia Reyes

Fotos: Jordy De la Vega

 

Este artículo se publicó en la edición 49 del periódico 1900 en julio de 1999

Organillero frente E

El Cilindrero mexicano

El Cilindrero pasó corriendo, cuando me aprestaba a cerrar la ventana, más allá, la enredadera me saludaba al compás del viento y de las notas angustiadas de aquel pianista solitario…

Bebí mi café caliente, eché la servilleta de papel al cesto y salí corriendo. Parecía como si quisiera alcanzar el cilindrero, pero de repente, me detuve en un «final de arabesco» artísticamente prolongado…

La enredadera seguía meciendo su cabellera verde, la mañana era fría y la angustia discordante iba en aumento.

Hoy será un día antagónico: resbalé, me levanté; y nuevamente tuve que ponerme en pie. Pude subir la cuesta equilibrando mi cuerpo con la ayuda del palo del cilindro.

Una vez, es cierto, soñé con decorar mi estancia con uno de esos hermosos instrumentos, pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora me conformaría con un pedazo de espejo desprendido de su madera labrada, o con la manivela. Con ella inventaría las melodías más absurdas, haciéndose acompañar por el pianista…

El espejo me devolvió mi propia imagen, la manivela empezó a girar y los muros de mi cuarto se plegaron, cediendo el paso a una serie de escaleras ridículas. Casi todas estaban rotas, desvencijadas, complaciéndose en mostrar sus vientres huecos al vacío. Otras, se perdían tras una puerta que nadie podía abrir, obligándonos a retroceder. Bajamos, subimos, bajamos y volvimos a bajar. El cilindrero llevaba siempre la delantera. De repente, se detuvo y, haciendo una reverencia en señal de triunfo, abrió una de las puertas, por la que pasé yo. No lo volví a ver. Sonaron tres poderosos acordes como anunciando a Bach.

El pianista —pensé— nos ha escuchado.

Sonaron tres acordes más.

Bajé la cuesta casi rodando por un mar de follaje.

Atrás, muy atrás, quedaban los camellos recostados sobre la arena, felices de poder masticar el sol de mediodía…

Cerré la ventana. Desde el atril, la partitura me lanzó su infinito mirar se puntos negros…

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