Fe de (h)erratas

Por Rafael Muñoz Saldaña

Publicado en la edición 36 del periódico 1900 correspondiente al mes de mayo de 1998.

En el número 35 del periódico 1900 apareció un artículo llamado «La Casa del Lago. En vísperas de su cincuenta aniversario» firmado por un servidor. Pues bien, las vísperas resultaron o demasiado largas o demasiado cortas. En cuanto el número se publicó no se hicieron esperar los comentarios: en el texto había un error. Hubo hasta quien me acusó de afectar negativamente sus intereses comerciales y las relaciones públicas de 1900. El orgullo profesional que caracteriza a los que ven impresas sus palabras me hizo pensar de inmediato que la equivocación no era mía, sino de quienes la habían notado. La situación no sería muy diferente a la de aquel individuo que, mientras conducía su automóvil en el Periférico, escuchó un mensaje importante por la radio: «¡Cuidado! Hay un loco en el Periférico manejando en sentido contrario». Este sujeto pensó de inmediato: «No es uno. Son muchos».

Pero el loco era yo. Muy a mi pesar acepté la falla. Por un descuido decía que la Casa del Lago, se aprestaba a cumplir cincuenta años como recinto cultural, lo cual ocurrirá hasta el año de 2008. Además, muchos carteles panorámicos dispuestos en la ciudad anuncian un aniversario diferente: noventa años. Sin embargo, este no se refiere al recinto cultural sino al club del automóvil que albergó originalmente el edificio, donde se reunían los propietarios del otrora novedoso medio de transporte. No conforme con el error del texto corrido lo hice destacar en un recuadro especial…Vaya este comentario como disculpa ante los lectores y demás interesados y como un intento mío de salir a flote, aunque sea en las aguas del lago de Chapultepec, entre los cartones de boing y los olotes y quien sabe que más.

Errores chicos

A raíz de esta situación que desató dentro de mí un conflicto de valores y un replanteamiento crítico de lo que he sido y lo que soy, me puse a pensar en varios y divertidos errores cometidos o conocidos a lo largo de mis tareas editoriales. Algunos pueden achacarse a un mal manejo del teclado de la computadora (que por cierto conserva el mismo orden de las viejas máquinas de escribir) pero otros sólo pueden explicarse en función del desorden mental y las malas costumbres de su autor. Uno de los que mejor recuerdo apareció hace cuatro años en la revista Mundo, culturas y gente (para mí un laboratorio más entretenido que el juego de química Mi Alegría). En un artículo hablaba yo de que en el parlamento español se estudiaba la iniciativa de ley para permitir a las mujeres abortar en los «doce primeros meses de embarazo». El mérito de hallar el disparate correspondió a Sergio Sarmiento quien generosamente, me ofreció enviarlo a la sección. «Se publicó en…» de la revista Contenido. Decliné aceptar su atención.

También fue él quien descubrió una traición de mi subconsciente. En una biografía de Manuel Camacho Solís aparecida en el libro Todo México 1995, decía que yo que el ex regente de la ciudad había publicado un libro sobre la transformación del panorama político de México, llamado Ruptura sin Cambio. Mientras tanto Camacho se empeñaba en nombrarlo Cambio sin ruptura. El ex regente se percató del error y no le hizo gracia. Menos mal que ya no estaba en la secretaría de estado pues hubiera renunciado del coraje y la indignación.

A veces basta una sola letra para alterar el sentido de todo un texto, de toda una frase. El primer lugar de esa perfección al errar no me corresponde a mí, sino a Luis Felipe Brice, antiguo colaborador de 1900. En una ocasión, también en la revista Mundo, Brice escribió un reportaje sobre la situación económica de México. En el encabezado se distinguía la frase «Crisis en la cópula empresarial». Todos creímos que al fin se había comprobado que la debacle financiera era problema de faldas y pantalones. Pero no, el autor había querido decir «Crisis en la cúpula empresarial».

Ese tipo de errores demuestra lo arduo del oficio editorial. Basta que la «o» reemplace a la «u» para que los lectores se rían a lo grande y critiquen al escrito por su mala calidad. No toman en cuenta, sin embargo, todas las otras letras que aparecen en orden y dicen cosas coherentes. A veces dan ganas de cambiar de oficio y emular la posdata de una carta escrita por el ranchero Bruno Rentería de Tepatitlán . En ella le decía a su hijo: «Hoy te mando estas letras de sobra paque tu las acomodes y les pongas las comas onde sea necesario». Después incluía todo el alfabeto, signos de puntuación, interrogaciones y paréntesis. El destinatario podía acomodarlos a su gusto. Como en todos los casos el mal de tontos es consuelo de muchos. Las erratas son algo muy común, tanto así que las primeras ediciones, las más valiosas, se identifican por el error de tal o cual página. Paradójicamente, de esos errores depende su reconocimiento y, en consecuencia, su valor. El error tipográfico ha de distinguirse de la falta de ortografía. No es prudente estudiar el fenómeno en este momento pero quiero reportar una de las mayores que me ha tocado leer. Quien la cometió es una ex colaboradora de 1900. Para referirse a un refugio escribió «huarida». Otra ex colaboradora se dio el lujo de decorar la palabra «paraguas» con una diéresis (¨) sobre la «u».

Errores grandes

Otro problema común en los medios impresos es la inversión de los pies de fotografías. Uno de los más sonados en nuestro país ocurrió en 1966, cuando era presidente Gustavo Díaz Ordaz. En la misma página del Diario de México se reportaban dos noticias diferentes con sus respectivas imágenes: la reunión del primer mandatario con su cartera de ministros y el arribo de algunos mandriles que enriquecerían la colección del zoológico de Chapultepec. Quiso el azar (aquí podría equivocarme y escribir «azahar» o «asar») que los pies de las fotografías (o epígrafes, que es su nombre culterano) caminaran por su cuenta para cambiar de lugar. Bajo la foto de los funcionarios podía leerse: «Se enriquece el zoológico. En la presente gráfica aparecen algunos de los nuevos ejemplares adquiridos por las autoridades para divertimento de los capitalinos…Estos monos fueron colocados ayer en sus respectivas jaulas». Bajo la de los mandriles había una nota alusiva al presidente y sus hombres de confianza. Díaz Ordaz, quien carecía de cualquier sentido del humor, recordó al padre Darwin, se rascó la cabeza, degustó un plátano y ordenó que el periódico fuera clausurado.

Pero hay casos más sutiles. A fines de 1996 apareció en El Universal una fotografía sobre las celebraciones navideñas en las oficinas de gobierno. En una de ellas se veía a dos o tres burócratas que brindaban con vasos y copas. Al socarrón autor del pie le bastó poner «Funcionarios de la Secretaría de Salud».

Cuenta José Emilio Pacheco que en la primera tablilla de barro escrita a cincel en Ur, la ciudad de los caldeos, hay un carácter cuneiforme equivocado. De esta manera pudo concluir que la errata nació al mismo tiempo que la escritura y es independiente de la imprenta. En su volumen El libro y sus orillas Roberto Zavala Ruiz se une a la convicción de Alfonso Reyes quien consideraba a la errata «un microbio resistente a cualquier tipo de desinfección». El anecdotario de las erratas es muy amplio y, en ocasiones, inverosímil. Se cuenta que al inicio de un libro un editor tuvo el cinismo de afirmar «esta obra no tiene eratas».

Otros tantos disparates

Pero el error de la Casa del Lago fue más bien un problema de información, inadvertido para todos los que leyeron el texto antes de su aparición y quizá también para la mayoría del público. Ello es común. En muchas obras de consulta se da por muerto a quien todavía vive. El Diccionario Enciclopédico de México de Humberto Mussacchio, asentó, desde su primera edición, que el doctor Salvador Zubirán ya había muerto («Zubirán, Salvador / n. en Cusihuiriachic, Chih., y m. en el DF 1898-1988»). Si de veras ya no vive, nadie se lo ha avisado. Por fortuna en ese año el fundador del Instituto Nacional de las Enfermedades de Nutrición se apresta a festejar su primer siglo de vida. En la Enciclopedia de México leí una vez que la actriz Silvia Pinal era hija, ni más ni menos, que de Don Luis G. Urbina. La llamé para preguntarle por su padre. Ella me pidió noticias sobre otro familiar.

Hablando de errores ilustres en las últimas semanas la Secretaría de Educación Pública mereció las palmas de la errata gracias a una esquela aparecida en el periódico El Financiero del 21 de abril de 1998. En ella se leía: «La Secretaría de Educación Pública lamenta profundamente el sensible fallecimiento del maestro Octavio Paz valuarte del pensamiento contemporáneo». ¡Y son ellos los que educan a nuestros hijos!

Ni los grandes escritores se salvan. El propio Paz en uno de sus textos se refería al arrianismo como «la doctrina de Arriano», sin embargo fue Arrio el sacerdote alejandrino que negaba la esencia divina de Jesús. En las Cartas de mi Molino Alphonse Daudet escribió esta frase: «el duque apareció seguido de su séquito que iba adelante». En los Dramas Marítimos de Gastón Leroux se cuenta que «la tripulación del buque tragado por las olas estaba formada por veinticinco hombres, que dejaron centenares de viudas condenadas a la miseria». Muy relacionada con el tema del embarazo es la frase compilada por Max Segen en su Museo de errores: «Por desgracia, la boda retrasóse quince días, durante los cuales la novia huyó con el capitán y dio a luz ocho hijos». De esta manera queda claro que el lapso de gestación de los seres humanos no es de doce meses o más (como creía yo), sino de tan sólo 48 horas.

Si en este espacio tratáramos los errores surgidos por un mal uso de la lectura en voz alta o la confusión de palabras no acabaríamos nunca. Vayan, para concluir, tres ejemplos. En el Heraldo de México se afirmaba: «El actor Richard Gere llegó a Moscú, precedido por la mala fama de sus escándalos sexuales. No obstante, gozó de una buena acogida». Dígase la frase en voz alta tratando de convertir en una sola letra «a» a la última de «buena» y a la primera de «acogida». El resultado es gratificante, al menos para Gere. Decía un hijo de Marga López que durante una comida familiar la actriz evocaba una escena fílmica relacionada con un pulpo. Al calor de la conversación la actriz dijo «recuerdo que lo agarré y se me resbalaron los testículos en la mano». Los comensales se preguntaron si la señora participó alguna vez en la industria de la triple X (que no es precisamente la cervecera) o si simplemente, había querido decir «tentáculos».

Me cuenta una amiga que vive en la Jolla (no es falta de ortografía, sino la versión gringa de nuestra «joya») que en una ocasión salió a pasear con unas señoras de edad. En el restaurante donde se reunieron a comer había un grupo de mariachis que interpretaban melodías vernáculas mexicanas. Las señoras se pusieron medio jacarandosas y solicitaron al conjunto tocar varias piezas más. El problema surgió cuando una de ellas, que no dominaba el español y quizá tampoco sus instintos, quiso escuchar La Bikina y le dijo a uno de los músicos «Por favor tócame la vagina». Los mariachis callaron.

Advertisements
This entry was posted in Cultura, Personajes and tagged , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s