Torear es rayar en la inmortalidad

Por Lilia Rubio

Fotos: Cortesía de Imprenta Taurina Andaluza

 Artículo publicado en la edición No. 1 del periódico 1900 en junio de 1994.

«Usted, señor John Fulton, es una vergüenza para los norteamericanos. Su actividad de torero es la manifestación de su desquiciada mente que, pudriéndose en la barbarie, mata a esos pobres animales indefensos. Una cosa es que los países poco civilizados como México gusten de esa carnicería, que ellos llaman arte, y otra es que usted, proveniente del primer mundo, de Estados Unidos de América, lleve tantas décadas torturando a los toros y sintiéndose orgulloso de hacerlo. Su cinismo no tiene  nombre señor Fulton. Y como si fuera poco, no sólo es usted un verdugo, sino también es una especie de Drácula, pues usa la sangre de las reses que mata para hacer sus pinturas. Hace siglos que desapareció el hombre cavernario, pero usted, asesino de animales, es su heredero. Sus manos están llenas de sangre y un día pagará su sadismo. Que sus hijos nazcan ciegos, que su madre se queme en el infierno y que usted, John Fulton, muera pronto batiéndose en su propia sangre, allí, tirado en la arena en esos centros de tortura que usted, y otros dementes más, llaman plazas de toros».

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John Fulton a la edad de 13 años

Nunca, ni en sus más descabellados sueños, se imaginó aquel muchachito rubio, alto y flaco, de trece años e hijo de inmigrantes italiano-húngaros, que el haber comprado un boleto para entrar al cine en el centro de su natal Filadelfia, significaría que algún día, décadas después, recibiría cartas como la de arriba, que palabras más palabras menos, le han enviado sus compatriotas defensores de los derechos de los animales, pero también asiduos comedores de gordos y jugosos bisteces.

«Voy a ser matador», les dijo fascinado a sus padres de extracción proletaria. No dijeron nada, sólo desearon que su retoño pronto se curara de esa terrible enfermedad llamada adolescencia. Pero la calentura iba en ascenso. En los días que siguieron, el joven se pasó contándoles a todos sus compañeros de clase, escena por escena, de la película más grandiosa que jamás verían sus ojos: Sangre y Arena, según la apasionante novela de Blasco Ibáñez. «Voy a ser matador», seguía repitiendo en la peluquería de un amigo mientras  usaba el mandil como capote. «¡Óle! ¡Óle!», gritaba sonriente y, con la frente en alto, se paseaba muy ufano, agradecía los aplausos de sus aficionados imaginarios, le brindaba el rabo a una chica guapa por allí sentada en primera inexistente fila y, con caminar apretadito, volteaba, veía a la bestia tirada a sus pies y se enorgullecía de haber salido victorioso del duelo. El espíritu de Tyrone Power lo sobrecogía. El personaje de Juan Gallardo, le había robado para siempre el alma. «¡Óle!», se oía que alguien remataba por ahí. Pasmados, los clientes de la barbería se volteaban a ver, y no faltaba quien, al ir saliendo todo catrín con su nuevo copete, comentara que ojalá los padres lo llevaran pronto a un tratamiento psicológico, que el muchacho tan urgentemente necesitaba.

A la hora del recreo, en vez de jugar con sus amigos, John se ponía a leer Muerte en la tarde y en casa practicaba las posiciones de las fotografías que ilustraban el libro. Día con día mejoraban sus verónicas. Desde entonces, el joven aprendió sobre el honor, la dignidad, la inmortalidad y el gesto garboso que se debe de tener ante la muerte.

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John Fulton, artista plástico y diseñador de trajes de luces

Corría el año de 1953, Fulton tenía 21 primaveras y llegó a México en búsqueda del toro. No lo encontró, al menos no en cada esquina como había imaginado. Un buen día se fue a la Monumental Plaza de Toros. Había varios novilleros practicando. Les pidió que le permitieran tomarles fotos. «Claro, pero después nos disparas las chelas», —le advirtieron riéndose del gringo—. Luego, le ofrecieron un capote para ver si se lanzaba al ruedo. Lo hizo y con la chicuelina los dejó perplejos. Las prácticas en la peluquería empezaban a dar fruto. Los novilleros le presentaron a quien se convirtió en su maestro y mentor, el gran Luis Procuna.

Al poco tiempo, el joven consiguió una beca para estudiar arte en San Miguel de Allende. Dividía su tiempo entre las clases de pintura y los novillos. Y la calentura se convirtió en quemazón. El cinco de julio de ese mismo año, se puso por primera vez el traje de luces y

Ejecutando sus controvertidas pinturas

Ejecutando sus controvertidas pinturas

participó en su primera novillada. En el servicio militar de su país, combinó el entrenamiento de las armas con el manejo de la espada. Posteriormente, decidió hacer de España su hogar. Mientras entrenaba se mantenía con la venta de sus pinturas, que se encuentran en las colecciones de James Michener, Ernest Hemingway, maharajás y estrellas de cine. Diez años después, John Fulton hizo realidad su sueño imposible: tomó la alternativa en la maestranza de Sevilla y se convirtió en el tercer matador estadunidense.

Con Robert Vavra (centro) y el escritor Ernest Hemmingway en Pamplona, españa.

Con el fotógrafo Robert Vavra (centro) y el escritor Ernest Hemmingway en Pamplona, españa.

Actualmente, es el único sobreviviente de sus antecesores, Harper B. Lee —el primer torero en la historia del país vecino— y Sydney Franklin, que en 1939 tomó la alternativa en Nuevo Laredo.

«He seguido a Fulton en sus diferentes carreras con una silenciosa atención y me he quedado maravillado ante su testaruda insistencia de ser matador y artista, dos de las profesiones más difíciles», escribió Michener en su libro Mi México perdido. Y no sólo eso, el torero también diseñador de vestidos de luces y capotes, así como ilustrador y escritor de libros como La corrida de toros, Introducción a la historia y El arte y la técnica de la fiesta brava.

Una de sus controvertidas pinturas

Una de sus controvertidas pinturas

Actualmente, Fulton tiene 61 años y hace décadas que, en el antiguo barrio español de Santa Cruz, abrió una galería que le administra su hijo gitano, que adoptó hace unos veinticinco años.

Cartel de su despedida en San Miguel de Allende, Guanajuato, México.

Cartel de su despedida en San Miguel de Allende, Guanajuato, México.

El matador, que ha alternado con toreros como Manuel Benítez, El Cordobés, Manuel Capetillo, Antonio Ordóñez, Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, acaba de estar en México. Vino a cerrar el círculo de su pasión. Fue en San Miguel de Allende donde hace cuarenta años empezó la fantástica experiencia. Fue allí donde se despidió de los toros y expuso sus más recientes pinturas, hechas con sangre de toro para, como los antiguos cazadores, recuperar el espíritu del animal.

Charlamos con este hombre de casi dos metros, habla castellana y mirada de soñador. Pero no todos los sueños se han materializado. Dice que la frustración más grande que tiene es no haber podido confirmar en la plaza México, debido a los tejes y manejes de los grupos mafiosos que comercian con ese espacio, pero prefiere no dar más detalles. También cuenta que por ser gringo siempre ha estado entre la espada y la pared. Por un lado, muchos mexicanos y españoles no logran aceptar que un rubio de ojo azul sea matador. O a los toros de Miura ya no los hacen como los hacían, o ese yanqui —como lo llaman en España— realmente no nació para ser torero. El chovinismo rechaza ambas posibilidades, pues no concibe que alguien, que no sea español o latinoamericano, pueda ser un torero importante. Por otro lado, sus compatriotas lo desprecian por haber escogido «tan salvaje» profesión y tener agallas de vestirse como príncipe para salir a matar o morir.

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Jonh Fulton el artista y matador

«Torear es rayar en la inmortalidad», dice Fulton frente a una copa de vino tinto. «Uno sabe que allí puede quedar tirado, pero eso no significa que los toreros seamos fatalistas no que deseemos la muerte. A mí me encanta la vida. Creo que uno de los dos motivos por los que toreo es porque cuando termino me siento más vivo que nunca, todas las sensaciones están a flor de piel y, después de pasar por un trance en el que se puede morir, se siente y se goza más la vida.

Creo que el peor riesgo es el no arriesgar».

El 7 de febrero de 1998, John Fulton sufrió una serie de infartos cardíacos y murió en Sevilla el 28 de febrero de 1998.

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