El Tenedor: Una historia renacentista

Por Rita de Melo Ferreira

Fotos: Jordy de la Vega 

Este artículo fue publicado en la edición 38 del periódico 1900, julio de 1998.

Tendores en diagonal

Hoy en día los tenedores son parte fundamental de la buena mesa.

Dicen que los dedos fueron hechos antes que los tenedores, y las manos antes que los cuchillos y por cierto, el ser humano aprendió a satisfacer el hambre dando por sentado el vínculo entre las manos y el acto de comer. Para la época medieval, cuando las clases altas de la sociedad se deleitaban en grandes banquetes y funciones palaciegas, los libros de etiqueta —ya conocidos en Italia desde la segunda mitad del siglo XIII—, no hacían mención del tenedor, y los consejos ofrecidos en Los Cincuenta Modales de la Mesa, publicado en 1480, aún se basan en el uso de las manos: «No llenar ambos lados de la boca con demasiada comida. No dejar las manos demasiado tiempo dentro del platón, y esperar hasta que otra persona haya retirado sus dedos del mismo». En su Tratado de Etiqueta, publicado en 1530, Erasmo de Rotterdam, el sabio y filósofo holandés, tampoco se refiere al tenedor: «Deje en el platón todo lo que no pueda tomar de una sola vez con los dedos». «Se considera igualmente de mal gusto lamer los dedos sucios y engrasados o limpiarlos en la ropa. Es más respetable usar el mantel para limpiar los dedos». Podría decirse sin embargo, que la historia bíblica del Éxodo contiene la primera referencia del tenedor, que no pasaba entonces del un utensilio empleado principalmente para asir la carne ofrendada en sacrificios rituales. Los asirios, egipcios, griegos y romanos también conocían un tipo de tenedor, muy semejante a un estilete, cuya punta afilada servía para pinchar la comida. El tenedor de dos dientes apareció mucho más tarde y no presentaba semejanza al tenedor de tres dientes, que llegaría a cumplir una función social indispensable en el mundo occidental civilizado.

Tomas Coryate, mercader y viajero inglés, dejó constancia de haber visto tenedores en Italia a fines del siglo XVI: «Los tenedores son de acero o de fierro», escribió, «y los aristócratas usan tenedores de plata. Ya me acostumbré a esta nueva moda de usar tenedor, y llevé algunos a Inglaterra, pero mis amistades criticaron la idea de comer con tenedor, considerándola absurda y afeminada». De hecho, un clérigo inglés hasta atacó el uso del tenedor abiertamente durante un sermón, declarando desde el púlpito: «No obstante las críticas, la reina Isabel quedó encantada con el obsequio de un tenedor que Coryate le trajo de Italia, y mandó a hacer hermosas copias de oro, otras de coral con incrustaciones de oro, y algunas más labradas en cristal con adornos de oro. El tenedor se puso de moda en la corte, y muchos ingleses pronto se acomodaron al gusto de la reina. No así los franceses, que según Coryate, no usaban tenedor al tiempo de su visita a París en 1598.

Tenedores encontrados

Los tenedores han alcazado usos tan específicos como los de espaguetis y postres.

La falta del tenedor no parece haber preocupado a Enrique IV, rey de Francia (1533-1610), si bien la buena mesa era motivo de gran placer para el monarca, cuyo notable interés por la gastronomía ha sido vinculado por algunos historiadores a los sabores del ajo y el vino con que le frotaron los labios al momento de ser bautizado. En realidad Enrique IV a menudo solía exhibir su pericia como cocinero en la elaboración de suculentos guisos. Recién llegado al palacio de Fontainebleau dispuso que se reservara un edificio completo para instalar cocinas reales. En aquellos días el arte culinario estaba mucho más adelantado en Italia, pero al se debe la invención de varios platillos y la inspiración que llevó a la creación de la famosa salsa Béarnaise, nombrada por su tierra natal Bearne, antigua comarca de Francia, y de la sublime salsa Mornay, producida por su primer ministro Philippe de Mornay. No fue hasta 1600, cuando Enrique IV tomó por esposa a María de Médicis, sobrina de la famosa Catalina de Médicis, que los cocineros italianos de la novia, llevaron a Francia las técnicas e ideas que elevarían la gastronomía francesa a un nuevo nivel de sofisicación.

Luis XIV, nieto de Enrique IV, prescindió del tenedor hasta los últimos años de su larga vida. Luis XIV era glotón, y relata la Duquesa de Orleans que asistió a una cena durante la cual el rey consumió con singular apetito cuatro platos de sopa, un faisán, una perdiz, una ensalada de buen tamaño, una generosa porción de carne de carnero, dos rebanadas gruesas de jamón, y un plato lleno de dulces, además de frutas frescas y compotas variadas. Todo esto, claro está, servido con copiosas cantidades de champagne, su bebida favorita. «El que come bien, trabaja bien», solía decir el soberano, cuyos méritos de espléndido anfitrión se reflejaban en magníficas fiestas y opíparos banquetes que con frecuencia ofrecía en el suntuoso palacio de Versalles, donde vivía como en un mundo de cuento de hadas, rodeado de mil miembros de la nobleza y cuatro mil sirvientes.

Cuando no tenía compromisos sociales, Luis XIV tomaba sus alimentos en el gran comedor del Palacio, mientras la familia real y algunos asistentes de sangre azul reunidos a su alrededor observaban en silencio. Y antes de que el rey adoptara el uso del tenedor, los dedos reales no paraban de moverse en un incesante vaivén desde los platones llenos de comida hacia la boca, y desde la boca hacia los enormes platones que se sucedían los unos a los otros. Para asegurarse de que la comida no estaba envenenada todos los platillos llevados a la mesa real eran previamente degustados por una serie de personas. Después de todo, un antepasado de Luis XIV había sido víctima de un asesinato, y el rey tomaba las precauciones necesarias para evitar la misma suerte.

Sin embargo, esta costumbre resultó tener algunos aspectos negativos. Las sopas, por ejemplo, pasaban por tantas pruebas que al momento de ser servidas al rey, ya se habían enfriado completamente. Pero es bien cierto que «la necesidad es la madre de la invención»: Luis XIV ordenó que las sopas pasaran a servirse bien heladas para conservar su sabor y gracias a esta idea surgió la moda de las sopas frías.

En varias partes del mundo aún se come con las manos. Y la verdad es que a través de los siglos, con o sin tenedor, el ser humano no ha dejado de disfrutar los infinitos sabores, colores y texturas que brindan los alimentos de la tierra, ni de usar su imaginación para crear nuevas formas de gozar la buena mesa.

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