Reflexiones posmodernas sobre Agustín Lara

«No temas que rompa la leyenda frágil…»

Por Pável Granados

Fotos: Jordy de la Vega

A. Lara 5 - copiaEste artículo fue publicado en la edición 33 del periódico 1900 en febrero de 1998

I

Quisiera decirles, al compás de un son, que a cien años de distancia, Agustín Lara sigue siendo dentro de nuestra cultura popular, un personaje difícil de situar. Al lado de Manuel Acuña, Amado Nervo y Federico Gamboa, Lara es uno de los personajes más castigados por la crítica. No todos los críticos le perdonan el éxito.

Ya a mediados de los treinta, gracias a la radio, uno escuchaba a los niños cantar boleros, en vez de cantar las canciones de sus padres. Decía Manuel M. Ponce que a Lara sólo le faltaba componer unas canciones que se llamaran Ramera y Horizontal.

Salvador Novo relata un viaje que hizo por esa época a Michoacán por asuntos del Ministerio de Educación. Al llegar a un pueblo ubicado en lo más remoto de la sierra, un anciano ofreció cantarle a la comitiva «canciones tradicionales». Todos aceptaron de muy buen grado y el viejo comenzó: «Vende caro tu amor, aventurera».

Agustín Lara se convirtió instantáneamente en un clásico, fue entrañable desde el principio para nuestra cultura. Por eso nunca es suficiente la distancia crítica, pues por más distantes que tratemos de ser, Lara sigue siendo parte de nuestra educación sentimental básica (casi casi como la Patria). Basta con rascarle tantito a nuestros sueños  de primermundistas para que  éstos se desvanezcan, para que nuestro aparente cosmopolitismo sucumba ante la voz que canta: «Solamente una vez amé en la vida».

No sé si estoy exagerando, pero hasta hace algunos años, Lara seguía siendo el modelo a seguir para los enamorados de varios sectores  de la sociedad mexicana. Hoy no lo podría asegurar o negar: yo no sé si ahora sus discos los compran los enamorados o los sociólogos.

Lo que sí haré será asomarme a su mundo y preguntarme qué siento, qué pienso al ver a un hombre que vivió en ese espejismo que fue, según Octavio Paz, el Modernismo. Lo veré desde esta época, la de la posmodernidad, que menos entiendo cuanto más trato, y que tal vez sea, a fin de cuentas, otro espejismo.

II

A. Lara 4¿Cómo sería Agustín Lara si viviera? ¿Sobre qué asuntos compondría sus canciones? ¿Sobre el divorcio? ¿Sobre la unión libre? ¿Sobre la planificación familiar? ¿Por quién habría votado? ¿Por Cárdenas? ¿Con quién estaría casado? ¿Con la Tigresa? ¿De qué televisora sería artista exclusivo? ¿Qué dirían de él en Ventaneando? ¿Qué pensaría de la telenovela Mirada de mujer? No me resisto  a hacer estas preguntas ni a contestarlas: todas las respuestas me llevan a pensar en lo difícil que es situarlo en esta época. Si su figura nos es lejana y u sensibilidad también ¿por qué, entonces, su música sigue tan presente?

Generalmente se señalan al Modernismo y al Romanticismo como las principales influencias de Lara, pero se omite siempre la canción popular anterior a él, ya con una marcada forma modernista. La década de los veinte fue pródiga en canciones de este tipo, popularizadas por el teatro de revista, su principal difusor. Algunos ejemplos:

En un rosal que exhala besos de impudor,

nacieron estas rojas flores de amor.

Mi aliento embriagador, mi encanto seductor

hacen que el hombre me llame flor de amor.

 Circasiana, flor de ensueño

a tu dueño no puedes amar.

Circasiana, luz y rayo,

te quiero adorar.

 Circasiana

Este tipo de canción es paralelo a otro fenómeno: la musicalización de poemas de autores como Julio Florez, Jaime Torres Bodet, Amado Nervo, y posteriormente Xavier Villaurrutia y Octavio Paz. Lara escribió lo mejor y más numeroso de su obra en la década de los treinta, es decir, después de la aparición del Estridentismo y de la generación de los Contemporáneos; compuso sus canciones más famosas al tiempo que Efraín Huerta y Octavio Paz comenzaban su quehacer artístico. Más de diez años después de la muerte de Amado Nervo, Agustín Lara  escribió: «Como un abanicar de pavorreales, en el jardín azul de tu extravío, con trémulas angustias musicales, asoma en tus pupilas el hastío».

En otras palabras: los creadores de nuestra poesía moderna fueron contemporáneos de un hombre que continuó la vida de un movimiento estético extinto. Sin embargo, ninguno fue tan conocido como él. Es evidente que uno de los grandes valores de Lara fue su anacronismo. En ese sentido, nunca como hoy, Agustín Lara es tan anacrónico y quizás por eso, tan valioso.

Breves palabras sobre la visión del amor en Lara

«Yo sé que es imposible que me quieras, que tu amor para mí fue pasajero y que cambias tus besos por dinero, envenenando así mi corazón». Eso dice la letra de la primera canción de Lara que se popularizó: Imposible (1927). Desde la primera composición, Agustín Lara eligió un protagonista heredado del tango: la prostituta; un escenario: el cabaret; una filosofía: el placer nunca es igual al amor («vive para el placer y nunca vuelvas a querer»); y sobre todo, una forma de vida: la compra-venta de la pasión. Estos planteamientos laristas nunca cambiaron , incorporaron nuevos puntos de vista, pero fueron siempre fundamentalmente los mismos. Los gustos de Lara debieron ser carísimos, pues con todas las regalías que cobraba, se atrevía a escribir: «Te vendes. Quién pudiera comprarte. Quién pudiera darte pagarte un minuto de amor. Te vendes. Yo no puedo pagarte ni un minuto de amor». En algunos momentos —muy breves— incorpora paisajes modernistas.

Va la tardecita cayendo, cayendo.

Hay quienes de luto en la arboleda

y en las almas un hondo silencio,

un divino silencio de seda.

Sólo la campana con su voz lejana

matiza de bronce la tarde otoñal.

Y hay en la laguna reflejos de luna

Quietudes que sólo conoce el cristal.

Las mujeres —salvo María Bonita, por obvias razones— tienen maldad inherente: «Todo el mundo te mira porque tienes la cara bonita sin saber que tu alma está marchita».

Las mujeres que el compositor ama, son, o quiere que sean, estereotipos redimibles, por ejemplo, en la canción Lirio de Shangai, que Lara dedicó a Marlene Dietrich, dice:

Lirio de Shangai

loto desmayado

yo te haré olvidar las bocas de puerto

que te hayan besado.

La primera época de Lara fue rica en adjetivos modernistas que, hacia el final de su vida, casi desaparecieron hasta llegar a la austeridad:

Le pregunto a tus labios divinos

por qué no me besan una vez más.

Y tus labios, que no son los de antes,

parecen decirme: «jamás».

Intermedio para una investigación de campo retrospectiva

¿Cómo habrán sido aquellas mujeres que le escribían cartas de amor a Agustín Lara? A veces me las imagino como poetisas provincianas del siglo XIX. Otras  veces pienso que eran como madame Bovary. Durante su abandono vespertino  (como diría nuestro compositor), mientras se confunden con las sombras que nacen como a las seis de la tarde (o mientras parten las verduras para la sopa y se ruborizan por la composición indecorosa de un bolero) , imaginan las frases que pondrán en sus cartas. «Como no me amas, voy a matarme». Las finas amigas de nuestro auditorio se preguntan cuál será la ortografía de la palabra «voy» y corren a maquillarse porque ya va a empezar La hora íntima. Es que la radio es tan sugerente, tan mágica que ha logrado convertir en sex simbol al «Flaco de oro».

«Señor Agustín Lara: Nunca me pierdo su programa y cuando vaya a México quiero conocerlo y dice mi mamá que si le puede mandar una foto autografiada». Ven tímidamente la carta y antes de cerrar el sobre, sin que la vea nadie, agregan: «Lo amo». Después, ven partir la carta, como ven volar las palomas en la tarde.

Cuando las cartas llegan, el compositor y su esposa en turno miran los sobres, abren el más bonito. Se ríen de lo que leen y contestan muertos de risa. Si las cartas tren propuestas de amor, el compositor las corresponde. Si la carta dice: «Si me amas, entonces el día tal de tal mes toca Hastío en tu programa», Lara la toca. Como la legendaria Simy, que escribía desde Puebla y se consideraba la musa de todas sus canciones. Inspirado en Simy, Lara compuso algunas canciones orientales.

Novia del desierto

blanca desposada.

Tánger, lamento

que todavía se asoma

En mi canción.

¿Cuántos juramentos

En tu pecho quedarían prendidos?

Alguna de sus admiradoras se suicidó. Una radioescucha mandó una foto de ella completamente desnuda con una dedicatoria «indecible». La posdata de la carta lo prevenía: dudaba de su hombría si no era correspondida.

¿Quién podría decir cómo eran? ¿Y si alguna de ellas está entre nuestras abuelas o tías? ¿Quién escribiría sobre ellas para demostrarnos que el amor de las fans es tan verdadero como cualquier otro y, por supuesto, mucho más fiel?

III

No puedo precisar la función social de la nostalgia, pero puedo acercarme a ella por uno de sus condicionantes: el encuentro con lo insustituible. La nostalgia existe gracias a que encontramos algo que no podemos sustituir: si se fue don Fidel, tenemos a la «Güera» Rodríguez Alcaine; si se acabó la mayoría priista en la cámara, vino el huracán Paulina ¿pero qué ha sustituido a la mitología naciente en los años treinta? ¿Qué sentimiento colectivo sustituyó al larismo? Cuando escuchamos alguna de sus canciones, como El Cisne, que dice:

Cisne que Dios pintó en cristal,

dame el marfil de tu perfil ritual.

Beso de luz, rubor nupcial,

nítido albor, pálida flor del mal.

Pensamos que enamorarse como Agustín Lara es una aspiración. Entonces decimos: «¡Qué pasado de moda, ya no existe eso de “rubor nupcial”, pero si ya nadie se casa! Sería más actual si el rubor fuera del divorcio o de cuncubinato». Si se nos sale un suspiro no es por el cisne que Dios pintó en cristal, es porque pensamos: «¡Ay, qué bonito enamorarse como Agustín Lara!». Una canción dedicada a un cisne es, en estos tiempos, como hacer una, para el pájaro dodo. A lo mejor ya hasta se extinguieron todos los cisnes.

Post-scriptum con suave perfume de perversidad

Bueno, hiperbólico Agustín Lara, te dejo con tu piano blanco, con tus mujeres que tienen figura de porcelana y abanicos hechos de luna. Te dejo envuelto en la leyenda frágil de tus amoríos. ¿No es acaso el exceso la mejor forma de perpetuar una leyenda? Continúa escribiendo canciones en homenaje a las caricias que han dejado tus manos apergaminadas. Piensa, suspira y vuelve a tu teclado, continúa cantándole a todas las cosas que no son buenas, que hacen daño, a causa de las cuales se acaba por llorar y que fueron por las que viviste. Y, oye, te digo en secreto que a pesar de lo que digan, esta sociedad en sus momentos de abandono y de tristeza es larista, y el que lo niegue rotundamente es sólo un larista que se desconoce.

Yo me voy, me sitúo en el jardín azul de mi extravío, busco mi parte sincera y me pregunto si tus canciones me provocan sentimientos verdaderos. Me respondo que sí. Pero yo ya leí a Hermann Broch y a Susan Sontag y por eso desconfío de mi respuesta. ¿Cómo sabré si mis suspiros sólo son producto de una reflexión teórica o, en el mejor de los casos, un reflejo condicionado?

Y aún con esta duda tengo que pedirles a ustedes que escuchen a Lara, que escuchen sus canciones siempre. Como amantes artificiosos, como despechados sinceros y, sobre todo, como sociólogos amateurs, escuchen a Lara. Para enamorarse de veras o de mentiras —que es más bonito— o para saber del modo de vida que conoció una ciudad todavía no tan fragmentada y que languidecía todas las tardes junto a un aparato de radio. Para reconocerse en el espejo de la otredad, escuchen  a Lara. Ya dirán ustedes si hoy, en 1998, las maracas tienen el ritmo que nos mueve el corazón.

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