La fertilidad de Mina, Nuevo León

Por Rita de Melo Ferreira

Este artículo fue publicado en la edición 36 del periódico 1900, en mayo de 1998.

Nuevo Leon (a si lucia en el siglo XVII )

Nuevo León (así lucía en el siglo XIX)

Si un viajero hubiera llegado al reino de Nuevo León en el siglo XVII, y hubiese preguntado «¿Dónde se encuentra Villa de Mina?», nadie habría sabido contestarle. En ese tiempo el poblado se conocía como hacienda de San Francisco de Cañas. Cambió su nombre al Villa de San Francisco en 1830.Veintiún años más tarde, por decreto del Congreso del Estado de Nuevo León, se le otorgó el nombre de Villa de Mina, en homenaje a Francisco Javier Mina (1789-1817), insurgente de origen español que participó en la lucha de Independencia de México. Pero si un viajero llega hoy día al estado de Nuevo León, y hace la misma pregunta, no tendrá dificultad para enterarse de que el municipio de Mina se comunica por la carretera 53 con el estado de Coahuila y con los municipios de Hidalgo, Abasolo y Monterrey, pertenecientes a Nuevo León. Además de contar con el paso del tren Monterrey-Torreón, y con autobuses foráneos y de transporte local, las principales localidades tienen acceso por caminos de terracería.

 

Situado a unos 50 kilómetros de Monterrey, en la región central norte del estado, Mina es un poblado tranquilo, atravesado por una calle recta principal que se distingue por la presencia del palacio municipal, la plaza, la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, y el Museo de Bernabé de las Casas, claro está, tal vez no sea raro que el turista moderno pregunte «¿valdrá la pena visitar Mina?». Aunado a su gran importancia para la geología y la paleontología, el hallazgo de los restos humanos más antiguos del estado de Nuevo León —que revelan parte del misterio de la presencia del hombre en México—, han colocado a Mina en un lugar de gran relieve. La antropología considera esta región semidesértica como la cuna de la cultura del noroeste del país. En Boca de Potrerillos, primera zona arqueológica en el norte de la República, a 14 kilómetros de Mina, se encuentran pinturas rupestres que dan testimonio de una cultura ancestral que se asentó en el año 8000 a.C. Cerca de tres mil petroglifos cubren los lados de un arroyo que atraviesa una cresta rocosa. El municipio de Mina también debe parte de su importancia al hallazgo de un grupo de estudiantes, quienes en 1983 vislumbraron dos colmillos y parte de la cabeza de un mamut en la base de una ribera escarpada del río Salinas. Conocido científicamente como Elephantis emperathor, este animal apareció hace cinco millones de años en África, y algunas especies se extendieron a Europa y Asia, invadiendo América a través del estrecho de Bering durante el Pleistoceno.

 Esta es la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe

Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe

En Mina, además de casas de adobe —material utilizado en la cultura del Mediterráneo—, el colorido y los detalles ornamentales de hermosas casonas revelan el gusto arquitectónico de fines de siglo XIX y principios del XX. Muchas de ellas conservan los bajantes pluviales de los muros, que servían para captar  el agua de lluvia y paliar la falta del líquido vital durante la mayor parte del año. El clima de Mina es templado en las partes más o menos altas, y muy cálido en las partes bajas. Las lluvias duran de mayo a octubre; julio y agosto son los meses más calurosos.

Imagen del tributo actual que se le brinda al niño Fidencio (fidencismo)

Imagen del tributo actual que se le brinda al niño Fidencio (fidencismo)

Mina salió del anonimato gracias a las supuestas curaciones milagrosas realizadas por José Fidencio, originario de Irámuco, Guanajuato. A principios del siglo XX se estableció en Espinazo, Nuevo León, un pequeño pueblo desértico ubicado a unos 60 kilómetros de Mina, en la carretera Monterrey-Monclova. A sesenta años de su muerte el Niño Fidencio, inspirador del movimiento religioso conocido como «Fidencismo», aún cuenta con numerosos seguidores en ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Todos los domingos, y sobre todo durante las festividades celebradas para recordar su onomástico, nacimiento y muerte, miles de fidencistas llegan a Espinazo, centro ceremonial del culto al famosos curandero.

Fachada del Museo Bernabé de las Casas

Fachada del Museo Bernabé de las Casas

Se dice que Fidencio siempre estuvo seguro de sanar por poder divino, y que hizo su primera curación a los ocho años de edad. Fidencio curaba tanto a humanos como a animales, hacía extracciones dentales con pinzas de mecánico y sin anestesia. Empleaba vidrio de botella en vez de bisturí para extraer tumores y realizar otras intervenciones quirúrgicas. Su fama e influencia alcanzaron tal grado que hasta Plutarco Elías Calles,  —entonces primer mandatario de la nación—, así como varios parientes, viajaron a Espinazo para consultar al Niño Fidencio y someterse a sus tratamientos. Una interesante revisión del fenómeno social causado por este culto se encuentra en una de las salas del Museo Bernabé de las Casas. El Museo honra la memoria de uno de los primeros pobladores del Valle de las Salinas, don Bernabé de las Casas quien llegó en la primera expedición del capitán Juan de Oñate. Ocupa un edificio construido en el siglo XIX, con muros anchos y techos elevados al estilo español. Cuenta con un patio central rodeado de habitaciones, un solar al fondo y un vestíbulo en la puerta principal. La restauración del inmueble, que anteriormente fue una escuela, se debe al Instituto Nacional de Antropología e Historia por medio de su delegación en el Estado. También participaron el propio Ayuntamiento, así como el patronato del Museo. Además de ocho salas, que ofrecen un interesante recorrido por la zona desde los puntos de vista antropológico, geográfico, geológico e histórico, la institución cuenta con una biblioteca de tres mil volúmenes, videoteca, fototeca, auditorio equipado con 140 butacas, sonido estereofónico, sistema de aire acondicionado y calefacción. Aparte hay una sala de proyección, galería de arte, un recinto de exposiciones temporales y cafetería.

También de especial interés son las actividades socio-culturales y los programas de trabajo del Museo en apoyo a la comunidad infantil, juvenil y adulta. Destaca la creación de talleres de panadería, cerámica, arte plumario, desarrollo y aprovechamiento del ixtle y el nopal. También hay talleres culturales de teatro, literatura, danza, dibujo e inglés, entre otros.

Datos de interés

Museo de Bernabé de las Casas, Hidalgo No. 909, Mina, Nuevo León, México.

Abierto de martes a domingo de 10:00 a 18:00 horas.

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Nueva York histórico: Un nuevo método para el paseante solitario

Por Rafael Muñoz Saldaña

 Este artículo se publicó en la edición 49 del periódico 1900 en julio de 1999

TriBeCa

Panorama de TriBeca

Cuando escuchamos hablar de Nueva York o pensamos visitarlo, ante la enorme oferta de atractivos, rara vez consideramos conocer en detalle la parte histórica de la ciudad, aquella limitada área donde desembarcaron los primeros navegantes holandeses que la fundaron y desde donde creció todo lo demás. Por otra parte, para quien decide recorrerla, ocurre lo mismo que en toda el área restante de la ciudad. Es muy posible que, por cualquier paso en falso o por recorrer con demasiada prisa alguna de las aceras, perdamos detalles, puntos de interés o lugares curiosos, equivalentes a lo que podemos encontrar en el Centro de la Ciudad de México. Los tours ofrecidos por las agencias de viajes presta poca atención a estos elementos y verlos de lejos, desde ese camioncito rojo descubierto que tan bien retrató Woody Allen en su cinta Celebrity, es perder todo su encanto y los 30 dólares que cuesta el pasaje.

Tal vez pensando en eso surgió la iniciativa de fundar, en 1995, la organización Heritage Trails New York, gracias al apoyo de varias corporaciones como la Bolsa de Valores, Merril Lynch, la Organización Trump y American Express. Con gran originalidad se diseñó un estilo de turismo individual que permite conocer el Dowtown con todo detenimiento a las personas que, desorientadas, llegan al extremo de la calle Broadway, después de cruzar la Pequeña Italia, TriBeca o el Barrio Chino. Este artículo no aborda los lugares que vale la pena visitar, sino el audaz sistema diseñado para hacerlo.

Heritage Trails New York

Portada del foleto Heritage Trails New York

Para comenzar basta con distinguir cualquiera de ellos. Nueva York es una ciudad con completa conciencia del turismo: en ese punto, precisamente, el caminante hallará un folleto a color con el nombre de Heritage Trails; aunque su precio de portada es de un dólar, en muchos sitios puede conseguirse gratis. Aparte de algunos anuncios incluidos para financiar este programa, el folleto incluye un mapa a gran escala de la zona. El usuario puede distinguir en él cuatro líneas de puntos gruesos que recorren las calles, identificadas con colores: anaranjado, rojo, azul y verde.

En la línea punteada hay otros puntos, de diámetro mayor, identificados con un número progresivo y una letra. Cada uno de ellos distingue los sitios de interés. La ruta trazada por ellos abarca distancias cortas y un recorrido lógico para agotar las posibilidades. Basta con que el turista siga el mapa indicado para que conozca bien todos los lugares relevantes. Del lado derecho del folleto se ofrece mínima información sobre todos ellos para hacer de la experiencia algo con sentido. Los atractivos se identifican, a veces, con iniciativas de conservación civiles y gubernamentales: National Historic Landmark, Listed on National Register of Historic Places y Land mark, New York City Landmarks Preservation Commission.

Pero lo curioso no es eso, sino que, en realidad, las rutas de los puntos de colores se han marcado sobre las banquetas, de manera tal que basta agachar la cabeza y verlos para llevar a cabo este tour. En la calle los puntos de interés resaltan con 42 grandes exhibidores (como los que hay en las paradas de los autobuses del D.F.) en los que se colocan carteles alusivos sobre lo que está viendo el caminante, con explicaciones más amplias que las del folleto. En la época de vacaciones en algunos de esos puntos hay personas vestidas con un uniforme distintivo para auxiliar al turista de los self-guided-tours si, a pesar de todas las previsiones, aún se encuentra desorientado. Es, de alguna manera, como ver desplegada una guía sobre la calle misma.

En la línea anaranjada están incluidos la Bolsa de Valores, el World Financial Center, Battery Park y el Museo del Legado Judío, complementario del que se encuentra en la Quinta Avenida, en el costado este del Central Park. La línea roja cuenta, entre otros atractivos, con la Trinity Church —de estilo neogótico—, el edificio Woolworth, el puente de Brooklyn y el Cementerio Histórico de la población Negra. El sendero azul conecta al Banco de la Reserva Federal, al célebre Fulton Fish Market (que pronto cambiará su dirección) y a la antigua Cámara de Comercio. El sendero verde es el más largo, incluye atractivos como la capilla de Elizabeth Ann Seton (la primera santa de origen estadounidense), Wall Street (no más ancha que cualquier calle de la provincia mexicana), el museo de la Bolsa de Valores (hay un día a la semana en que se puede entrar y ver, desde arriba, un área del piso de remates) y otros que ya no permiten caminar, sino que exigen abordar un ferry: la Estatua de la Libertad y la Isla Ellis.

De manera que, con ganas de andar y el folleto en la mano basta para no perderse ningún de los atractivos. El mapa indica el tiempo que toma recorrer cada tramo, aunque ello depende de los propios intereses del turista que puede detenerse en cualquier sitio el lapso que considere apropiado para visitar uno de los museos, escuchar misa en alguna de las iglesias o, simplemente, sentarse en una banca. El mismo folleto invita a visitar las galerías o escuchar alguno de los conciertos que se ofrecen con frecuencia.

Heritage Trails New York

Páginas interiores del folleto Heritage Trails New York

Para los turistas menos independientes, entre mayo y octubre este programa cuenta con recorridos guiados a un costo reducido (oscila entre 7 y 10 dólares) que se dedican a los grandes temas de la zona: Washington y la Revolución Americana, Fortunas y Finanzas, Rascacielos y la Odisea del Downtown (1624-2001). El mapa indica los puntos estratégicos para abordar un medio de transporte (metro o autobús) y volver al hotel o lugar desde donde se partió, así como los sitios donde hay servicios de tocador, teléfonos públicos y bebederos.

El programa planea ampliar sus actividades creando convenios con hoteles de la zona que ya ofrecen paquetes especiales para recorridos el fin de semana. Además ha abierto una página web en la que periódicamente se ofrecen nuevas opciones y noticias sobre el proyecto: www.heritagetrails.com. Una dirección electrónica tours@heritagetrails.org invita a suscribirse para recibir noticias de este programa y de los servicios que incorpora paulatinamente.

Quien visita por primera vez Nueva York debe hacer este recorrido que bien puede ocupar dos días de su agitado itinerario. Por estar relacionados con la fundación misma de la ciudad y con las instancias de gobierno, muchos de sus atractivos no cobran la entrada. En esa zona hay puestos donde se expenden diversos alimentos: pretzels gigantes, ensaladas de frutas y hot-dogs. El dinero que se ahorre en esos días puede servir en los subsecuentes para hacer alguna compra, entrar al cine o algún museo en las otras regiones de la ciudad, donde los boletos pueden costar hasta 12 dólares.

Dice una querida amiga mía que caminar por Nueva York es como entrar a alguna de las innumerables películas ubicadas en la ciudad que hemos visto a lo largo de los años. Hacer este recorrido, modelo para las otras zonas de Nueva York y, en general para cualquier ciudad del mundo, significa ver con cuidado todo lo que las películas olvidan: admirar las notables excavaciones de los primeros asentamientos, lidiar al toro de Wall Street, o beber una cerveza en la taberna (aún abierta al público con su construcción original) donde Washington y sus seguidores s reunían a planear la independencia de su país.

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Del brazo del Álvaro Obregón

  Por Rafael Muñoz Saldaña

Fotos: Jordy de la Vega

En homenaje a nuestro editor que no está más con nosotros desde el 8 de octubre: Rafael Muñoz Saldaña así como también a la Primera actriz Amparo Rivelles quien falleciera este 7 de noviembre del 2013. QEPD.

Este artículo fue publicado en la edición No. 4 del Periódico 1900, en enero de 1995 y fue su primer artículo de portada. 

Hay calles que son rostros, hay rostros que fueron calles. En los dos podemos o hallar el atajo a otra vida cerca de un jardín, por la línea de un perfil, al lado de una plaza, o entre un par de cejas que se juntan. Para la tristeza no hay mejor remedio que andar largas cuadras en las avenidas de noche, casi sin luz, dentro de la niebla que nos regala gotas de rocío y nos hace pensar: en este edifico de mosaicos blancos y negros vivió alguien que amé.

Caminar por Álvaro Obregón y sus calles aledañas nos revela lo que ha sido México en los últimos cincuenta años. Cada cuadra ofrece un interés distinto, una experiencia desconocida, un placer prohibido. Se trata de un recorrido entre espectros pasados y futuros, tan fantasmal como el brazo perdido del general que halló la obscuridad en la bombilla.

Baco inicio de AO

Fuente dedicada a Baco, dios griego del vino, corona el inicio de la Avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma (ahora con agua).

Esta avenida surge de la nada, o de un eje vial (que es lo mismo) y sigue un curso que el tiempo no ha alterado. Frente a la Sala Chopin (pintada de negro como sus pianos) hay una estatua de Baco, rodeada por una pila sin agua. Unos pasos más allá, del lado izquierdo, una placita; luego, las oficinas del Festival Cervantino que sólo en octubre despiertan de un letargo más prolongado que el manco de Lepanto. La Secretaría de Pesca abandonó un edificio que lleva en sí la marca indeleble de la burocracia y que hace pensar en una reintegración difícil. Una casita de modas da a la calle. Nadie querría lucir esos atuendos con lentejuelas que tanto deslumbran, pero todos se quedan frente al aparador, soñando una historia. Pasos más allá se sienten los estragos del terremoto del 85: ya no existe el negocio de aparatos ortopédicos de Torquemada, pero sobrevive un restaurante: La camorra napolitana, escenario de nota roja. Por allí hubo un banco. Un 19 de septiembre rescataron la caja fuerte entre los escombros, estaba rodeada de billetes muertos.

Venus Condesa

Fuente de la Venus de Milo (sin agua), anticipa el cruce de Insurgentes.

El cruce con Insurgentes no es fácil. Nos impulsa a emprenderlo una reproducción en bronce de la Venus de Milo; algún amigo de Magritte le puso en la cara un poco de pintura roja para que su memoria persistiera. En contra esquina hay un jardín inventado para conmemorar a Juan Rulfo y cerrar la herida del temblor que se tragó un edificio entero y dos tiendas de estufas. Esos prados son cómodos para conversar y hacer promesas que jamás serán cumplidas o quizá para pensar en un corte de pelo en la academia Alfonso y Marcos (que perpetúa la navidad con sus foquitos prendidos todo el año). El Partido Popular Socialista tiene enfrente una oficina que, como su propuesta política, parece una reliquia. Allí estuvo en pie la casa del general que hoy nos presta su brazo. Cerca y muchos años después se mudó la madre Conchita que fraguó su muerte.

Parque Álvaro Obregón

En esquina con Insurgentes se asoma el Jardín dedicado a la memoria del escritor Juan Rulfo.

A veces es mejor caminar por el camellón, oír de lejos los reproches de los amantes, admirar las estatuas cuyo orden han modificado los delegados, de acuerdo a sus necesidades momentáneas. Algún pedestal está vacío: sus figuras adornan una glorieta anterior, allí fue de visita un dignatario.

En una escena de Missing de Costa Gavras, Sissy Spaceck se refugió en el zaguán de un edificio de esa calle y luego se perdió; por allí también filmó el inmortal Thriller Asalto en los Mochis. Una escena de Lola de María Novaro, hace los honores a un expendio de pan. Pero también hay lugares decentes, más decentes que las agencias funerarias que se pelean  por los cadáveres de la colonia y más decentes que El Parian, un mercado convertido ahora en escenario cultural.

La iniciativa de un grupo de inversionistas ha redundado en la restauración del Edificio Balmori, otrora sede de tertulias literarias (las Balmoreadas) que ya se aproximaban a su fin. Junto a él hay unas galerías de escultura. Tienen a la venta figuras monstruosas de actores y actrices: las pondrán en remate. En esas instalaciones padeció «El Bolillo», líder de la banda de «Los Tiernos». La Casa Lamm, un fresco rincón porfiriano, domina la esquina e invita a entrar. Cuando está cerrada es mejor atravesarse a La Bella Italia, una nevería que José Emilio Pacheco hizo eterna en sus Batallas en el Desierto que evocan el rumbo con gran delicadeza.

Viene y van

Estatuas que se quedan y amantes que se van,

Pero no todo es escultura por allí. El negocio del placer comprado tiene un inesperado auge. En varios hoteles la recepcionista es ruda: «estos hoteles son de paso», confiesa a la entrada. Por las madrugadas las damas de la vida galante discuten la tarifa con el cliente al que se le prestaron servicios especiales. Un patrullero hace las veces de mediador en el conflicto y recibe una pequeña gratificación: una sonrisa de la bella.

La Librería de Cristal, en la esquina con Córdoba, más bien parece de vidrio. Allí estuvo la Sala Margolín, ahora está enfrente, donde Remedios Varo le daba de comer a los pájaros que descendían de sus óleos hasta la acera.

Sería vano el esfuerzo por describir esta calle sin hablar de los cafés de chinos. En ellos se vive un hacinamiento que evoca a la República Popular de Mao, donde está prohibido tener más de un hijo. Pero las enchiladas verdes son irresistibles. Y quien quiera hablar idiomas extranjeros también puede caminar por Álvaro Obregón: en la zona hay escuelas de alemán, ruso e inglés. También hay casas de religiosas que disimulan su oficio por miedo o por devoción.

Pasos más adelante una sex-shop, recién inaugurada. Tan sólo videos y ropa interior: las calles que uno quiere no deben perder la compostura y tienen que esperar con dignidad la llegada de un nuevo jefe del DDF. A una cuadra, el hotel donde se hospedó el asesino de Francisco Ruiz Massieu, dejando un rastro de sangre y llanto.

Sobre el asfalto aún están los restos de algunos rieles aferrados a la grava y al chapopote. Por ellos corría un tranvía pequeño que salía de la glorieta de Chilpancingo, seguía por Insurgentes, doblaba en Álvaro Obregón hasta llegar al término de la calle.

Cine México

Un edificio de apartamentos situado en lo que fuera el Cine México termina abruptamente con la avenida Álvaro Obregón.

Al fin aparece la avenida Cuauhtémoc que, metros atrás, se llama Bucareli y, metros adelante, México-Coyoacán. Inspira temor atravesarla, tanto como visitar el Cine México, que cierra el camino iniciado por Baco uvas atrás. Volteo a un jardín pequeño y asolado por cables, bombas de agua y personas jugando a la pelota. No quiero acordarme de todos los edificios que demolió el temblor, no quiero llegar hasta La Plaza Romita que no conozco, aunque al fin y al cabo, los olvidados de allí se volvieron memorables. Tampoco quiero recordar el apresurado caminar rumbo al Cine Internacional para asistir a la Muestra de Cine, que nunca apareció entre las ruinas.

En vez de ir más adelante vuelvo mi rostro al Cine México, suelto el brazo del General y busco con mirada inútil la tienda donde el señor Morales compró una cámara fotográfica antes de matar a su esposa, Amparo Rivelles. Si viera por allí a Arturo de Córdova le daría un consejo y le pediría un favor: no se tome el jerez de su esposa, retrate todo lo que fue todo ese sitio, retrate todo lo que es ahora y prométame que cuando la ciudad desaparezca, usted seguirá guardando sus imágenes. 

Nota: El General Álvaro Obregón, quien da nombre a esta avenida de la colonia Roma, fue presidente de México de 1920 a 1924 y perdió el brazo derecho en la Batalla de Celaya, Guanajuato, México.

English: Orbregon, Alvaro, General of Mexico E...

English: Orbregon, Alvaro, General of Mexico Español: General Álvaro Obregón (Photo credit: Wikipedia)

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Specia: el sabor de la vocación

Por Rafael Muñoz Saldaña

 Fotos: Jordy de la Vega

Con este artículo iniciamos una serie dedicada a nuestro editor de siempre Rafael Muñoz Saldaña quien partió el pasado 8 de octubre de este 2013. Vaya pues, este sentido homenaje para nuestro editor, filósofo y amigo.

Este artículo fue publicado en la edición 66 del periódico 1900 en marzo del 2001

En la ciudad de México, donde al parecer hay restaurantes para todos los gustos, es infrecuente hallar alguno donde sirvan los mejores platos de la cocina centroeuropea. Pero hay una excelente opción que vale por todas en términos de calidad, refinamiento, atención y buen gusto: Specia. Situado en la esquina de Amsterdam y Michoacán, a tan sólo una cuadra de Insurgentes, este restaurante se ha consolidado como uno de los más selectos y prestigiados en una  zona donde la competencia no es fácil. Tras casi diez años (ahora más de veinte) de haberse inaugurado deleita con su cocina al público más variado.

Specia fachada

Specia, excelente restaurante de cocina centro-europea, en Amsterdam y Michoacán, Condesa, México, D.F.

Allí, coinciden actores, políticos, intelectuales, personas del rumbo, artistas y gente de todo tipo que aprecia mucho el ambiente de intimidad y discreción que priva en el restaurante, incluso en horas pico, como la comida y la cena (el día que fui estaba Thalía y el único autógrafo que se le pidió fue el de su voucher). La decoración, en la que destaca una adecuada iluminación y obras plásticas de artistas relevantes crea una atmósfera recóndita en la ciudad. Pero para quien lo prefiere también hay mesas en la calle, donde se puede disfrutar lo mejor de estos días de primavera-verano. En ambas áreas el calificado personal de servicio tendrá esmero para atender con eficacia y discreción al visitante, una vez que éste llega, tras haber dejado su automóvil al servicio de valet parking.

Specia barra flores

Specia, lugar fresco y agradable.

En el salón de Specia el agradable rumor de las conversaciones crea una atmósfera fresca y cálida, que incita a pedir un buen aperitivo de la amplia y variada carta de bebidas con que cuenta el restaurante. Lo más recomendable: el clásico vodka polaco que renueva el ánimo y que, a pequeños sorbos, se puede acompañar toda la comida. Pero también hay una amplia variedad de opciones, a las que se suma una sustanciosa carta de vinos. La selección destaca por sus precios, mucho más moderados de lo que suele esperarse de un lugar así. Es fundamental prestar atención a la lista, pues se impone acompañar a los platos de Specia con alguno de ellos. Aunque respetamos quienes no beben, una limonada o un refresco embotellado son un sacrilegio en este contexto y pueden alterar el delicado gusto de los alimentos que a continuación se degustarán.

 

Una carta dirigida a todos

La carta se estructura con Entradas, Ensaladas, Sopas, Aves y una selección denominada De la Buena Cocina, que agrupa varios tipos de carnes. A éstas se suman Pastas y Carpaccio, Pescados, y unos buenos cortes de res. Predomina en el menú un acento polaco que marca las diversas secciones. En ellas encontramos sabores, texturas y preparaciones poco habituales para el paladar mexicano pero igualmente exquisitos. La carta apenas se ha modificado desde que Specia abrió sus puertas, y el secreto consiste en tener algo para todos los gustos.

Specia profundo

El arte también se da cita en sus espacios.

Cuando visité el lugar con el propósito de escribir estas líneas pensé en pedir los platillos más característicos, que han dado fama a Specia. Al centro de la mesa se coloca una canasta de excelente pan que hay que ver con reservas para guardar el apetito y disfrutar todo lo que sigue. Como primer plato, incluido en el cubierto, se ofrece una crepa que, extendida en un plato mediano, lleva untada una ligera pasta de arenque, excelente para abrir boca.

Me pareció raro que mi acompañante pidiera Consomé de Res —«se puede comer en cualquier lugar», piensa uno— pero cuando vi el sustancioso caldo de color ámbar obscuro que humeaba en su plato, entendí el porqué de su elección y comprendí que en nada se parece al caldo que habitualmente comemos. Pero yo quise ser mucho más aventurado, y se me ocurrió pedir Barszcz, la característica sopa fría de betabel que es famosa en la cocina polaca. Para comprenderla y disfrutarla, hay que olvidar nuestra noción común de sopa, pues éste es más bien un potaje fresco de verduras. En una mezcla de ligera de betabel y crema agria hay, finamente rallados, varios ingredientes: betabel crudo, cebollín y pepinillos. Hay que apreciar con cuidado cada cucharada que se da para distinguir los sabores que se acumulan y concentran en cada sorbo de un alimento sustancioso y nutritivo. Otro día que vaya pienso pedir la Sopa de cebada perla, o la Sopa fría de ciruela para repetir la sorpresa y el asombro de esas combinaciones infrecuentes para nuestro paladar. No estaba muy seguro de cuál plato fuerte elegir. Me llamó la atención un pollito relleno de carne molida con piñones (me hizo pensar en un restaurante húngaro de este rumbo que hace poco cerró sus puertas definitivamente). Pero el mesero —siempre bien dispuesto a recomendar la mejor opción— me sugirió tomar la otra vía de la encrucijada, un plato que ya conocía y que es la especialidad de Specia: El Pato Tin. Éste se ofrece horneado con el dorado perfecto de la buena cocina. Va relleno de manzanas agrias. Se acompaña con un ligero puré de papa, una buena ración de col agria, y otra manzana horneada bañada con salsa de Blueberry.

Specia pato

Pato Tin, es la sugerencia al comensal de primera visita.

La carne del pato es magra, suave y de una consistencia un poco más dura que la pechuga de pollo. Tiene un sabor ligeramente ahumado, en el que se perciben notas de variadas hierbas de olor y la cantidad justa de sal que no opaca los delicados matices de un ave que deberíamos comer más. La crocante piel que cubre la carne es todo un desafío para los que guardan dieta. El comensal toma un poco de carne, un trozo de manzana y un bocado de puré. La mezcla de sabores es excelente y novedosa para nosotros. Aquí sólo haríamos algunas recomendaciones para perfeccionar la experiencia: I) Que junto con el platillo se lleve un plato de ayuda, II) Que de alguna manera se incite a la gente a disfrutar el pato tomándolo con la mano, pues en un restaurante se trata más de gozar los sabores que de guardar las apariencias. Otra recomendación es que, al ser el pato el platillo más famoso se Specia, debería de haber un vino rosado de la casa, pues esta es la bebida que indica el canon para acompañar la aves. Podría seguir escribiendo sobre el pato varias líneas, pero mejor les recomiendo que lo prueben. Un bocado les dirá más que todas estas letras.

 

Cocina artesanal, y no industrial

Specia barra profundo

Su carta de tequilas y mezcales es bastante generosa, acompañada de una generosa cava.

Algo que me llama la atención es que cada vez que uno visita Specia encuentra el mismo toque en cada platillo, que se sirve con el mismo balance de ingredientes y condimentos, en la misma proporción, y hasta con el mismo orden sobre el plato. Esto estimula mucho al comensal a regresar una y otra vez, y se debe a la constancia y consistencia de un equipo de trabajo encabezado por Jorge Soto León, el Chef ejecutivo. Uniformidad y control de calidad son dos rasgos esenciales del arte culinario que se practica en Specia, donde no encontramos comida industrializada, ni líneas de producción. Al degustar cada platillo sentimos que fue hecho con atención especial y un esmero cada vez menos común en la industria restaurantera. De los postres, sin duda mi favorito es la Crepa de queso, por su relleno ligero y acremado, por su consistencia crocante y fina, por la leve jalea de blueberry que la baña. Cuando la sensación de dulzura es demasiado intensa, basta un bocado de queso crema que rellena la crepa para disfrutar los bocados que siguen. Acompañada de un buen café, pone punto final a un banquete que no está hecho de excesos, ni de raciones exageradas, sino de impresiones cambiantes, sabores encontrados, texturas e ingredientes que se atraen y conjugan para hacer de la vista a Specia una experiencia excepcional.

Hasta la próxima visita

No sería mala idea programar un ciclo de visitas al restaurante para ir explorando cada platillo de la carta. Por sus características peculiares, cada uno de ellos merece atención. En la mesa coinciden varias culturas europeas: ahí están las pastas italianas, el Gulasz húngaro, platos ucranianos y algunas recetas rusas que vale la pena probar.

¿Y los precios? Muy acordes con lo que sirve, creo yo, y no sólo eso, muy acordes con muchos restaurantes de la zona que sirven una cocina poco diferenciada y de estilo confuso. En Specia se percibe el conocimiento y la vocación por la cocina; los precios pasan a un segundo término. Y la satisfacción de haber visitado el restaurante no desaparece al abandonarlo, persiste en los días que siguen y transcurren antes de una nueva visita.

Restaurante Specia

Amsterdam 241

Col. Hipódromo Condesa

5564 1367 / 5564 9576

Abierto de lunes a sábado de 13:00 a 24:00 y los domingos de 13:00 a 18:00

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La Siguamonta

Por Marco Antonio Flores

 1900 rinde un homenaje póstumo a su colaborador, escritor y poeta Marco Antonio Flores. Fallecido en julio de este 2013 en su natal Guatemala.

Este artículo fue publicado en el número 8 del periódico 1900 en julio de 1995.

Toda sangre llega al lugar de su quietud

                                                     Chilam Balam

 

El cuco de los sueños va hilando los cuentos

                                      Miguel Ángel Asturias

siguamontaEstaba sentado en una banca del parque Morazán leyendo Por el camino de Swann, cuando la supo parada frente a él. Le dio una rápida mirada y volvió a la lectura.

Estaba embebido. Los árboles del jardín, en Combray, lo rodeaban. La ceiba centenaria que tenía enfrente, en el centro del parque, se le figuraba la torre de San Hilario vista desde el ferrocarril. Así que no le dio importancia a la cabellera fina, larga y tupida que le había culebreado a dos pasos de donde estaba sentado.

La tarde estaba tibia, pero del norte venía un vientecito frío que se le metía por los ruedos del pantalón y le enfriaba las canillas y los pies. Todos los atardeceres, luego de levantarse al medio día, bañarse y desayunar-almorzar, hacía lo mismo. Un calor soporífero lo despertaba con la boca pastosa y los párpados pesados. El sol, en el cenit, calentaba las láminas del tejado y lo obligaba a moverse a su pesar con los ojos escociendo el desvelo.

Durante las noches, como alma en pena, deambulaba por el barrio de Jocotenango fisgando lo oculto por las sombras. Descubría parejas noctámbulas que se acariciaban impunemente en la oscuridad, borrachitos que trastabillaban como si equilibraran sobre una cuerda, raterillos que oteaban a través de los postigos entrecerrados de las casonas del rumbo. Nada escapaba a su husmeo nocturno.

En una ocasión, bajo el alero de la casa que quedaba frente a la esquina noroeste del parque, donde terminaba la calle Martí y una cuchilla separaba dos calles de tierra, una de las cuales terminaba en el portón de hierro de la Cervecería Centroamericana, vio a una pareja haciendo el amor de pie. Atrás, una ventana entreabierta colaba una ansiosa mirada. Ellos, en el afán de estrechar sus carnes ni la percataron.

Esa, en particular, era una casa extraña. Sus puertas y ventanas se mantenían a piedra y lodo. Por más que inquiría no lograba saber quién o quiénes la habitaban. Sólo la sirvienta solía salir a hacer el mandado. En dos oportunidades intentó  abordarla, pero, su inhibición se lo impidió. Lo único que averiguó fue el apellido de la familia que la habitaba.

Como el de Proust, su asombro era minucioso. Conocía al dedillo todos los recovecos del rumbo, las tienditas, las calles, las cantinas, los lenocinios secretos, las casas y sus historias, las iglesias, los nombres de los vecinos. Vivía en una casa de huéspedes, a media cuadra del parque Morazán, en una calleja que desembocaba en la única sinagoga de la ciudad: el Maguen David.

Los sábados se levantaba temprano; le gustaba asomarse a la ventana y ver pasar la fila de judíos que iban al templo. Lo inquietaban su estolidez, su silencio, sus miradas huidizas, sus gorritos en la coronilla, sus mantones blancos sobre las espaldas dobladas, sus caras blancas y sus pelos rojizos o rubios; las mantillas albas de sus mujeres que marchaban despacio atrás de los varones con la mirada prendida al suelo, las proles inmensas correteando a media calle. Satisfecho de su inspección sabatina se entraba a almorzar. Más tarde iba al cine. Usualmente al Variedades.

Entre semana sus andanzas se centraban en determinadas personas. Particularmente en un pintor que vivía frente a su casa. Era éste un hombre atormentado y demoniaco, con rostro de Tláloc, el dios olmeca de la lluvia. En su juventud fue discípulo ayudante de Diego Rivera. Se había matrimoniado con una escritora inglesa que gustaba del folclor americano, la que luego del divorcio se apropió de su apellido con el que firmaba sus ensayos sobre literatura latinoamericana. En aquellos días, aquel artista se había lanzado al suicidio por alcohol. Todas las madrugadas lo veía llegar descalzo, cayéndose de borracho y farfullando maldiciones ininteligibles. Se acercaba para inquirir por su salud, deteriorada por aquella locura, pero el pintor estaba lejos de reconocerlo en ese estado. Sólo la mitad del día, cuando abría el estudio, podía visitarlo e intentar el diálogo.

El estudio era un inmenso cuarto con puerta a la calle. En un rincón, una cocinita de alcohol; en otro, un camastrón de paja deformado y una mesita repleta de trastos sucios; en el centro un caballete, a cuyo alrededor había multitud de cuadros alucinantes, pintados con gruesos brochazos y colores fúnebres: negros, ocres y marrones, que representaban el inframundo que cohabitaba el pintor: prostitutas, cabareteras, mendigos, borrachos, barriadas miserables, rostros patibularios, muchachas vulgares. Según el atormentado creador de aquel infrahumano universo, el expresionismo más decantado era su forma de vengarse de aquella sociedad que lo aislaba, ignoraba y denigraba. Bisbiseando, con los labios amoratados e hinchados por tanto licor y un discurrir lento y entrecortado, iba transmitiéndole una visión aterradora de la vida. Salía de ahí conturbado a sentarse a una banca del parque para leer.

Había penetrado un ámbito familiar y decadente descrito con minuciosidad maniaca. Odette, a medida que avanzaba la lectura, se había convertido en una obsesión. Por esa razón, cuando volvió a levantar la vista y vio que seguía parada frente a él, supo que era ella: Odette, con su pelo largo y sedoso y una mirada entre coqueta y huidiza, atrevida y tímida, que ocultaba las intenciones más oscuras contra él: Carlos Swann.

Rehuyó de nuevo su mirada, sabía lo que le esperaba de lánguidos modales que lo invitaban a seguirla.

Hubo de recurrir a un gran esfuerzo racional para comprender que él no era Swann, sino un joven estudiante que pernoctaba en una humilde casa de huéspedes y perdía el tiempo en lecturas decadentes, según aseguraban sus amigos en el café cuando, renunciando a su fisgoneo nocturno, se reunía con ellos en una cantina ubicada en la vecindad de la iglesia del Carmen, frente a la abarrotería Kosak, y discutían acerca de la literatura.

En esa tertulia, llamada rimbombantemente, a usanza madrileña, peña literaria, se había dictaminado que leer a Proust era una de las tareas más decadentes que se podían realizar en un país donde, era común aseverar, se mantenía una eterna dictadura y una primavera eterna.

Volvió a fijar la vista en la muchacha: era verdadera, de carne y hueso y, sobre todo, de gran belleza. Intuyó de pronto que era la que vivía en la casa que se mantenía a piedra y lodo. Entendió que era quien había colado la mirada a través de la rendija la noche en la que la pareja hizo el amor de pie frente a su ventana. Buscó sus ojos pero no los encontró: la muchacha, caminando de prisa, se alejaba sin volver la cabeza. Se levantó a seguirla.

Tenía el cuerpo más hermoso que el rostro. Sus turgencias, aprisionadas en un entresijo de telas, se escapaban a su pesar y dejaban entrever un par de glúteos que se movían acompasadamente.

De pronto la perdió entre los árboles del parque. La buscó en todas direcciones y al no encontrarla pensó que la había inventado. Decidió volver a su lectura y, hasta entonces, se dio cuenta de que había olvidado el libro sobre la banca. Iba a volver cuando la vio caminando por una de las alamedas de la avenida Simeón Cañas y salió disparado detrás de ella.

La avenida, de casi veinticinco metros de ancho, a cuyas orillas había sendas alamedas, cada una con una doble hilera de árboles frondosos que dejaban en medio dos veredas por las que paseaban, al caer la tarde, parejas abrazadas o ancianos, languidecía con el aire que movía las copas de los árboles. Sin embargo, ahora él no vio más que a la muchacha. No había nadie en los alrededores.

En la alameda de la derecha, en dirección al norte, caminaba la muchacha muy despacio pero, paradójicamente, muy rápido, porque cada vez la veía más lejos. Apresuró el paso para no volverla a perder. Cuando salió del parque Morazán divisó en el fondo de la ancha avenida el Templo a Minerva.

No podía acercarse mucho porque podría asustarla. Pero si se alejaba podría desaparecer en cualquier momento por uno de los callejones laterales que desembocan en la avenida. Caminó aprisa hasta llegar a una distancia que le permitiera no perderla y no asustarla. Ella parecía no darse cuenta de que la seguía. Su cuerpo se delineaba bajo aquellos ropones que perecieron oscuros y gruesos y que con rayos declinantes del sol se traslucían y dejaban entrever un cuerpo torneado, unas hermosas piernas y un talle fino.

Él no era un muchacho avezado en ese tipo de aventuras. Por el contrario, sus supuestas relaciones amorosas, relatadas en la peña literaria entre grandes carcajadas, y cuando los licores habían desatado su lengua y le habían hecho olvidar su soledad y timidez, se constreñían a sueños que poco a poco se convertían en realidad de tal manera que terminaba creyendo en ellos. Así, según sus contertulios, había tenido relaciones amatorias y sexuales con media docena de mujeres entre las que se contaban matronas y nínfulas provocativas. Sin embargo, él sabía que todo era producto de su dislocada imaginación, que era tímido y apocado frente a las mujeres y que, para su ignominia, era virgen a los veintitrés años. Así que la perspectiva real que le habían ofrecido los ojos de la muchacha no la iba a desaprovechar.

Los ochocientos metros que hay entre la orilla de la banqueta del parque Morazán y la entrada al Hipódromo Norte, se habían terminado sin sentir. Acezaba. La muchacha, sin embargo, caminaba fresca y volátil. Es más, durante un instante le pareció que realmente volaba, que no ponía los pies en el suelo sino que se deslizaba por el aire. Fue entonces que pensó que podría ser un fantasma. Aquello lo detuvo de golpe. El pavor lo inundó; sintió la boca seca y unas fuertes palpitaciones en las sienes. Ella también se detuvo y volteando a medias hizo un gesto sensual. Como resultado de ello se olvidó de sus temores y continuó la persecución. Mientras atravesaba la explanada que está entre el Templo a Minerva y el Mapa en Relieve sintió mojado el pantalón. Sabía de lo que se trataba, lo había leído tantas veces que sonrió orgulloso.

Sobre ambos se cerró la arboleda del Hipódromo Norte y también la tarde: el sol declinaba y los árboles no dejaban pasar sus rayos. Al final estaba el barranco cortado a filo. Le temblaron las piernas y recordó de golpe la leyenda de la Siguamonta, que contada por su abuela podría ser motivo de largas letanías y vericuetos, pero que llevada a su concisión extrema se reducía a la existencia de una mujer fantasma de gran belleza física que se aparecía a jóvenes enamorados obligándolos a seguirla con la promesa gestual de una entrega, hasta llevarlos a la orilla de un barranco de los que rodean la Guatemala de la Asunción y ya ahí, en un abrazo mortal, desbarrancarlos y destruirlos como castigo a su libidinosidad.

Se detuvo. Decidió regresar. Su cerebro le ordenó detenerse porque sabía lo que le esperaba. Sin embargo, su cuerpo lo impelió, con una fuerza secreta e interior, hacia la mujer que se acercaba al final de la arboleda y a la orilla del barranco. Le faltaba metro y medio para darle alcance.

Ella se detuvo a la orilla del abismo. Pudo entonces aspirar el olor a yegua en brama que emanaba de su cuerpo y decidió darle el abrazo que sabía mortal. Sólo esperaba que volteara para mostrarle la cara de caballo que, según la leyenda, tenía la Siguamonta, pero no fue necesario porque en el momento que él alargó los brazos para tomarla, ella desapareció en el abismo en medio de un largo alarido que lo dejó estático y con los ojos clavados en el aire.

No supo cuánto tiempo estuvo ahí parado. Era noche cerrada cuando pudo, a duras penas, regresar. Se orientó hasta la entrada tanteando los árboles. Luego no tuvo dificultad para volver, bamboleándose como borracho, a su casa, en donde cayó vestido a la cama. El sopor febril le duro dos días, durante los cuales no se movió más que para cambiarse de posición mientras soñaba con fantasmas y aparecidos que tenían, toda la cara de Tláloc del pintor borracho.

Al tercer día volvió en sí. Se desperezó, palpó su cuerpo, eufórico; se miró al espejo; reflejado en él se carcajeó nerviosamente porque comprendió que era el primer hombre que había burlado a la Siguamonta; se bañó, se cambió de indumentaria, salió a la calle como a las cinco de la tarde, atravesó el parque Morazán y, milagro de milagros, en la banca se encontraba aún el ejemplar de Por el camino de Swann. Lo tomó y se alejó presuroso del sitio. Caminó algunas cuadras en dirección al centro y en la esquina del parque Centenario compró El Imparcial. Atravesó el parque central, se metió al Portal del Comercio y luego al restaurante El Portal; pidió el cundumio y un tarra de cerveza mixta bien helada. Saboreándola hojeó el periódico; leyó varios encabezados hasta que uno, que estaba en la parte baja de la primera plana, lo dejó frío, decía: «Encuentran el cadáver de la desaparecida». En una cerrada columna se leía a continuación: «La señorita Silvia Aycinema, miembro de una de las familias más conspicuas y honorables de nuestra capital, extraviada hace tres días, apareció hoy destrozada en el fondo del barranco del Hipódromo Norte». «La gentil damita, quien padecía de algunos trastornos nerviosos, por lo que sus padres le tenían prohibido salir de su casa, fue víctima de un horrendo crimen».

«Según reportes que obran en poder de la policía judicial, se tienen los datos de su presunto violador y asesino, al que muchos vecinos vieron perseguirla a todo correr»

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Marco Antonio “El Bolo” Flores

 

Este texto fue tomado del libro La Siguamonta publicado por Siglo XXI Editores por autorización del autor. Ilustración Carlos Palleiro.

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Los años de mil novecientos cuarenta

Por Nydia Egremi Pinto

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Sir Winston Churchill

Este fue el decenio de la guerra convertida en paz y que trajo al mundo la energía atómica convertida en arma. En 1940, Alemania invadió Dinamarca, Noruega, Holanda y Bélgica. Winston Churchill fue Primer Ministro Inglés y Charles De Gaulle transmitió desde la BBC de Londres a Francia, que capituló ante Alemania. Se formó el eje Roma-Berlín-Tokio por 10 años. La guerra se extendió a Asia y África mientras la suástica ondeó en el Partenón. En un acto singular, los japoneses atacaron Estados Unidos en Pearl Harbor. El ejército alemán se rindió en Estalingrado y Berlín fue bombardeado. Un año después, en 1944 París fue liberado y la flota japonesa fue vencida en Filipinas. Rommel se suicidó; Roosevelt fue reelegido por cuarta vez y los alemanes lanzaron las V-1 (bombas voladoras), mientras los militares atentaron contra Hitler. El 6 de junio se llevó a cabo el célebre desembarco a Normandía. En 1945, Roosevelt murió y Hitler se suicidó tras consumar el Holocausto; el 7 de mayo de ese año triunfaron los aliados. El 6 de agosto, el Enola gay desató la furia atómica sobre Hiroshima y Nagasaki; Japón se rindió.

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Charles De Gaulle

El miedo a la guerra dio origen a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que condenó al régimen de Franco y dividió a Palestina en dos estados, aunque sólo concretó el de Israel. Las mujeres votaron por primera vez en Italia y nació la alianza militar denominada Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

En Asia todo cambió. Surgió la República Popular China; en el Tibet se designó como Dalai Lama a un niño de tres años; Mohammed Reza Pahlevi fue el sha de Irán y Ho Chi Minh proclamó la república de Vietnam. Lord Mountbatten atestiguó la independencia de la India. En esos años, Inglaterra aprobó la gratuidad de la enseñanza pública y la princesa Isabel II se casó con Phillip Mountbatten. Argentina exportó a España un millón de toneladas de trigo mientras Perón asumió de nuevo el poder. En Hollywood fueron los tiempos de la «cacería de brujas» contra guionistas, actores y directores presuntamente comunistas. En México, la Segunda Guerra Mundial provocó escasez de materias primas como el hule, la artisela, refacciones y ultramarinos. La estación de gasolina de Cantinflas surtió  a sus amigos y Ramón Mercader asesinó a León Trotski en Coyoacán. Las mujeres estrenaron las medias de seda: fueron los años de las hombreras y de los salones de baile.

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Micheline Bernardini, la primera en hacer público el biquini.

En Oxford se desarrolló la penicilina. Enrico Fermi realizó en Estados Unidos la primera reacción en cadena y en Suiza se fabricó la primera contestadora automática de teléfono. William Kolff inventó para la resistencia holandesa el primer riñón artificial. La sociedad de la posguerra disfrutó el jugo de naranja concentrado, el disco de larga duración, la alta fidelidad, el primer horno de microondas y el transistor. El 5 de julio de 1946, Micheline Bernardini lució el primer biquini en París; en 1947 nació el estilo Dior: elegante y femenino, en vestidos de cinturas ceñidas, corpiños apretados y caderas marcadas. Se popularizaron las máquinas tragamonedas que ofrecían música al gusto y en diciembre de 1948 los hermanos McDonald abrieron una hamburguesería-café, la primera de muchas.

Tom & Jerry

Hanna-Barbera crean la serie animada Tom & Jerry.

Joseph Barbera y William Hanna, crearon a Tom y Jerry. Hemingway publicó Por quién doblan las campanas. El piloto y escritor francés Antoine de Saint-Exupery creó El Principito. Herman Hesse, ganó el Nobel de Literatura y Jackson Pollock creó el Action paiting, derramando pintura sobre la tela. Murieron Paul Klee, artista y maestro de la Bauhaus, Mahatma Gandhi y Serguéi Eisenstein.

David O. Selznick

David O. Selznick director de Lo que el viento se llevó, que ganó todos los óscares en 1940, con Vivien Leigh ganadora del Óscar por la mejor Actriz de Discurso.

El cine de los cuarenta lanzó el mayor éxito de todos los tiempos: Lo que el viento se llevó de David O. Selznick, que ganó todos los Óscares. La actriz negra Hattie Mc Daniel —premiada por su papel de esclava— tuvo que obtener un permiso especial para sentarse a la mesa con el director en la cena de gala, a causa de la discriminación racial predominante. Siguieron cintas como Las viñas de la ira, Fantasía, El ladrón de Bagdad, Dumbo, El halcón maltés, Sospecha, La mujer del año, con el dueto Hepburn/Tracy y la notabilísima Casablanca.

Años de guerra y placer, hamburguesas y persecución, intolerancia y dicha.

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El vino y la salud

Copa de vino tinto en el Museo de la Dinastía ...

Copa de vino tinto en el Museo de la Dinastía Vivancos en Briones (La Rioja, España). (Photo credit: Wikipedia)

Por Miguel Guzmán Peredo

Foto: Jordy de la Vega

Este artículo fue publicado en la edición 38 del periódico 1900, julio de 1998

 Mucha tinta ha corrido, en los meses recientes, en torno a los saludables efectos que entraña el consumo moderado de vino. A los estadounidenses les parece sorprendente la llamada «paradoja francesa», ya que piensan que una dieta rica en pastas, aceite de olivo y vino es nociva para la salud. Pero en realidad ocurre todo lo contrario. En octubre de 1995 la revista Selecciones del Reader’s Digest publicó un reportaje llamado «Receta Mediterránea para la longevidad» firmado por Serge Renaud, director de estudios sobre nutrición del Instituto de Salud e Investigaciones Médicas de Francia. De acuerdo con los resultados de esa investigación médica —realizada con ratas, en su laboratorio de la ciudad de Lyon— «los análisis sanguíneos demuestran que las ratas que beben alcohol tienen cincuenta por ciento menos probabilidades de sufrir obstrucciones arteriales que las que beben agua. Y entre las que beben vino las probabilidades disminuyen otro cincuenta por ciento».

Serge Renaud concluyó en 1993 un estudio de cinco años de duración, con seiscientos enfermos cardíacos. Dicho análisis de sobrevida presentada por los pacientes arrojó nuevas luces sobre el saludable efecto de incluir dos o tres copas de vino en la dieta cotidiana. Los componentes del vino favorecen el aumento del colesterol «bueno», un depurador natural de la lipoproteína de baja densidad, o colesterol «malo». La acumulación de éste en los vasos sanguíneos, principalmente en las arterias coronarias (las que llevan al corazón los elementos nutritivos que este requiere) produce severos trastornos cardíacos.

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El vino blanco, menos benéfico a la salud que el vino tinto.

En la revista Clinical Chemistry (volumen 41, número 1, 1995) apareció un interesante artículo del doctor David M. Goldberg, de la Universidad de Toronto, en el cual se menciona que el vino tinto (también el blanco, pero en menor cuantía) contiene diversos compuestos fenólicos. Entre estos componentes se incluyen los bioflavonoides, cuyos efectos positivos  para la salud son indudables. «La ingestión de alcohol (incluyendo los destilados como el cognac y el whisky) reduce la incidencia de trastornos arterioescleróticos; pero la mayor protección está dada por el legado de Dionisos: el vino. El vino blanco disminuye esa propensión a 67 por ciento, y el vino tinto la reduce a un 40 por ciento».

Estas investigaciones, que actualmente se llevan a cabo en muchos países, como Estados Unidos, Francia e Inglaterra, confirman la aseveración de Hipócrates, el llamado «padre de la Medicina», quien hace veinticuatro siglos afirmó: «El vino es cosa maravillosamente apropiada al hombre si, en salud como en enfermedad, se le administra con tiento y medida».

Los párrafos anteriores me merecen adecuado preámbulo para referirme a la realización de una reunión mundial que tuvo lugar en Madrid los días 2 y 3 de octubre de 1997, denominada Primer Congreso Científico Internacional «Vino y Salud». En este importante seminario, organizado por la Fundación para la Investigación del Vino (FIVIN) —y patrocinado por la Organización Internacional de la Viña y el Vino, que agrupa a 42 países productores—, participaron infinidad de investigadores: médicos, químicos, fisiólogos, cardiólogos, bromatólogos y endocrinólogos de numerosos países de Europa y América. Allí presentaron el fruto de sus estudios en torno a los benéficos efectos que entraña el consumo moderado de vino, especialmente tinto, al acompañar las comidas.

Hoy en día se tiene amplio conocimiento de que las sustancias químicas contenidas en las uvas (antocianos, resveratrol y flavoniodes principalmente), y de una manera especial en el vino tinto, poseen un notorio efecto saludable en el organismo de quienes acostumbran ingerir de tres a cuatro copas al día, para acompañar sus comidas. Este efecto está dado por los polifenoles. Se ha comprobado que esos compuestos químicos tienen indudable acción antioxidante y contribuyen a disminuir los niveles de colesterol sanguíneo, especialmente del llamado «colesterol malo», cuyo inclemento en el torrente sanguíneo favorece la arteriosclerosis.

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