La desesperación, el fracaso y abandono, un mañana sin opciones…  Sensaciones que todo ser humano ha experimentado en algún u otro momento. La vida viene con la garantía de que no todo, ni siempre va a ser como nosotros esperamos y aprender a lidiar con las subidas y bajadas intrínsecas de existir es simplemente humano.

Lo que sí es único y especial para cada uno de nosotros es la forma en la que decidimos o logramos enfrentar con estos momentos. En 1831 nació un mexicano que, como muchos otros, tenía una familia a la que no podía sostener, un don extraordinario para la música del que no supo cómo vivir y un hermano déspota que se negó a auxiliarlo en su momento de mayor necesidad. En la cumbre de su momento más oscuro (cómo suele suceder) la ayuda llegó del lugar menos esperado.

Macedonio era un hombre de campo, sin embargo, sabía que la música lo apasionaba así que logró pagarse sus primeras clases con arduas jornadas de trabajo. Era realmente un virtuoso: dominó instrumentos como piano, violín, violonchelo, contrabajo y guitarra. Gracias a su talento y tenacidad, el gobierno de Oaxaca lo becó para seguir estudiando en la ciudad capital.

Ya con más conocimientos musicales regresó a su natal estado para incorporarse a la «Sociedad Filarmónica de Santa Cecilia» que difundía las composiciones de los artistas de la región en los eventos que amenizaban. Además, el músico participaba en conciertos de piano y violín, convirtiéndose en el director de la Banda de Música de Oaxaca.

En su juventud, Macedonio Alcalá tenía un futuro prometedor: había formado su propio grupo musical para tocar en bailes y fiestas. La orquesta cobró popularidad muy rápido y su director aprovechó esa ola de fama para impulsar sus composiciones. Su fama llegó incluso a la Ciudad de México.

Lamentablemente su situación financiera no era la mejor y la presión por mantener a sus tres hijos lo deprimió llevándolo a perderse en el alcoholismo. Macedonio estaba por perderlo todo, incluso la salud pues los problemas hepáticos lo mantenían inhabilitado para trabajar.

Aquí las versiones varían un poco. No sabemos a ciencia cierta si fueron sus amigos y compañeros músicos de la agrupación «Santa Cecilia» quienes le tuvieron caridad, si tuvo un benefactor privado o si fue un poblado entero el que contrató sus servicios pidiendo una canción de agradecimiento que honrara al santo patrono del lugar.

Sea como fuese la leyenda, el alivio recibido dio pasó al más bello y anhelado estado de cualquier artista: la inspiración. Aún estando enfermo, Alcalá compuso su más hermosa pieza en la que denotaba el agradecimiento que sentía por haber recibido ayuda cuando más lo necesitaba.

Por supuesto estamos contando la historia de Macedonio Alcalá y su bellísimo vals «Dios nunca muere». Esta pieza musical es el himno del estado de Oaxaca, donde su gente se pone de pie en cuanto escuchan las primeras notas y cuyos versos han sido entonados por grandes de la canción como Pedro Infante, Javier Solís, Eugenia León e incluso ha sido parte del repertorio de la Orquesta Sinfónica de Instituto Politécnico Nacional (IPN) y de la directora Alondra de la Parra quien la ha presentado en la mismísima tierra del barro negro.

Como suele suceder con los artistas, la vida de Macedonio no tuvo un final feliz. Falleció en 1869 de tuberculosis a tan solo unos días del estreno de su obra que tuvo una veloz llegada a la fama; razón por la cual su déspota hermano trató de adueñarse de la canción. Afortunadamente, aún después de muerto, Macedonio tuvo defensores y la autoría de tan bella canción se mantuvo asociada a su nombre.

Hoy en día sigue siendo uno de los más hermosos y esperanzadores vals de México a pesar de su trágico origen e historia:

«Muere el sol en los montes
con la luz que agoniza,
pues la vida en su prisa,
nos conduce a morir.

Pero no importa saber

que voy a tener el mismo final

porque me queda el consuelo

que Dios nunca morirá»

Alcalá compuso más de cincuenta piezas que incluyen valses, marchas, danzas, mazurcas y pasos dobles, entre los que destacan: «Acuérdate de mí», «Crepúsculo», «Cielo y Tierra», «Decídete», «Se casaron» y «Quiéreme así»; entre otras.

Fue sepultado en el panteón de Oaxaca y mientras los enterraban, sonaron los acordes de su famoso vals interpretado por los músicos que así lloraron la partida del compositor. Actualmente en Oaxaca existe el teatro «Macedonio Alcalá» que tiene capacidad para 800 personas en forma de herradura y se caracteriza por su arquitectura ecléctica; un merecido homenaje al compositor oaxaqueño.